Opinión
El Criticón
Julio Martín
Como aquí estamos, al fin y al cabo, para colaborar y arrimar el hombro en lo que sea menester, voy a elevar a la casi siempre comprometida consideración del gobierno municipal, miren por dónde, una propuesta para la ampliación del espacio turístico de esta Talavera de nuestras vidas y movidas. Elevo y propongo, por lo tanto, que a las ancestrales Mondas, a la cada vez más pujante Semana Santa local, a los peazos de fiestas locales propiciadas por los santos varones Isidro y Mateo, a lo que queda de murallas, a la Basílica del Prado, al Centro de Artesanía, al Museo Ruiz de Luna y, en general, a todo rincón talaverano susceptible de foto, atracción y contemplación, se una a partir de ahora el entorno urbano del siempre despierto e insomne barrio talaverano de El Parque, por compendiarse en él un frondoso vivero de infracciones a la normativa vigente, difícil de ver en cualquier otra zona urbana de la región, e incluso de la nación.
Consistiría la cosa, más o menos, en ofertar a los potenciales visitantes de la ciudad un paquete turístico que incluyera visitas a los lugares o actos más emblemáticos y representativos de la historia, la cultura y la tradición popular de Talavera, que haberlos haylos; y, como fin de fiesta, la contemplación en vivo y en directo de esa genuina fiebre del sábado noche que, saltándose de una tacada casi todas las leyes en materia de convivencia ciudadana, tiene lugar en un barrio que no aspira a que su alcohólico, ruidoso y vandálico cortejo de fin de semana alcance la declaración de interés regional o nacional, sino simplemente de interés y competencia municipal en actividades tan molestas, insalubres, nocivas y peligrosas. Oséase tan RAMINP, que esas son las siglas del Reglamento que regula y teóricamente controla este tipo de desmadres.
Aunque los sin duda sorprendidos turistas, no sólo podrán contemplar cómo en ese coso talaverano recibe fulminante estocada de muerte el citado Reglamento, porque la suculenta oferta transgresora también ofrece la posibilidad de disfrutar con la aplicación de banderillas negras a la Ordenanza reguladora de la convivencia y el ocio en el término municipal de Talavera, a las artículos más básicos de la Ley de Seguridad Vial, a lo estipulado en las leyes de protección contra la contaminación acústica y ambiental, a los preceptos de la Ley Jurídica de Protección al Menor y, por consiguiente, a todo cuanto penaliza la Ley sobre venta de bebidas alcohólicas; e incluso, si me apuran, a la Ley de Memoria Histórica, porque ni se sabe cuánto tiempo hace ya que estos vecinos talaveranos comenzaron a reivindicar su legítimo derecho al merecido descanso y a la tranquila convivencia.
Suficiente foco de atracción, creo yo, para que los visitantes que reciba nuestra ciudad hablen y no paren del grandísimo espectáculo transgresor que Talavera ofrece en el reducido y accesible recinto del barrio de El Parque. Una edificante visita turística hacia todo lo que no se debe hacer y permitir en una zona urbana que, ya puestos a proponer y para matar dos pájaros de un tiro, también podría dedicar las viviendas de promoción pública sobrantes en Villa Justina al alojo a pie de botellón, con derecho a transiliums, de unos turistas que experimentarían en carne propia cómo coño se puede sobrevivir plenamente inmersos en un continuo ataque de nervios. De nada, troncos. Y nos vemos en Fitur... que seguro que damos el pelotazo.