VOZES Y SUSURROS
Juan Carlos Robledo Galán (BEBERT)
Cuando mi sobrino abrió su regalo de reyes en casa, se encontró con una flamante pelota de fútbol. El niño, que tiene tres añitos, lo primero que hizo fue darle una patada. Es algo así como la impronta de Lorenz, quien descubrió que los pichones que dejan un nido, después de la incubación, tratan a cualquier otro ser que tenga movilidad como si fuera su madre. La impronta de los niños, la pelota y las patadas que los fetos dan a las barrigas de sus madres es un buen ejemplo de ello. Sus padres, reacios a tan vulgar deporte, no parecieron contentos con Melchor, Gaspar y Baltasar a quienes, a buen seguro, y a través de su interlocutor, o sea yo, echarán las culpas de los desperfectos que se vayan produciendo este año en su casa.
Para darle al regalo un halo de interés intercultural les conté cómo se podía utilizar la pelota que le había tocado al pequeño. Se puede empezar echando una Cascarita mexicana; dos niños, uno enfrente de otro, se retan a ver quién se da con la pelota en la cara... el que llora pierde. También se puede jugar a la Potra Catracha: se busca un lugar con mucha pendiente y el dueño de la pelota y sus amigos juegan a favor de la misma; es una tradición en Honduras y el perdedor invita a cervezas o a kalimotxo. Se puede también optar por la Mejenga costarriqueña: los tres que mejor jueguen, contra los catorce que peor lo hagan; se suele jugar en una calle con gran afluencia de coches y el juego se termina cuando al balón lo pisa una rueda de algún automóvil o algún niño sufre algún atropello. También se puede jugar al Mata Longos ecuatoriano, que es como el "autobús" de Mauguregui o la "táctica del murciélago" de Javier Clemente: se colocan cuantos más niños mejor debajo de una portería y el balón en el punto del penal; se lanza la bola a ver si se da a uno de los niños en sus mismísimas partes o en la cara.
El rostro de sus padres fue descomponiéndose, viendo que su pollito, para el que habían hecho planes en el Liceo francés, podía entrar con este juguete en una dinámica muy distinta a la que tenían prevista. Asi que decidí animarles un poco: También se puede jugar como en España, se juntan 11 tipos en cada equipo se los paga factorialmente a cada uno de 7 millones de Euros en adelante, se llena un campo con cien mil personas y un árbitro, y se acompaña de 220 cámaras de televisión. El que más veces salga nombrado en la prensa durante la semana siguiente gana.
Estas últimas palabras los tranquilizaron, aunque a mí me hizo pensar ¿ cual de las dos formas de jugar era más cívica ?. José Luis Coll decía que un país llega al máximo de su civismo cuando en él se puedan celebrar partidos de fútbol sin árbitros. Pista: En la Cascarita, en la Pichanga, en la Potra Catracha, en la Mejenga o a en el Mata Longos no hay árbitros. Que entienda quien quiera y quien pueda.