EL CRITICÓN
Julio Martín
El otro día me topé con un maravilloso texto, 'articuento' lo llama él, del excelente narrador Juan José Millás. Divagaba brillantemente el autor sobre la distinta suerte final que tienen el bolígrafo y el lápiz en su similar y pictórica función. Apuntaba Millás que el bolígrafo se aferra mucho más a la vida y a su propietario por consumirse tan sólo por dentro, permaneciendo en su aspecto exterior tan incólume y atractivo como siempre, mientras que el lápiz está obligado a afilarse y agotarse sin remedio para seguir siendo lo que es, hasta no ser absolutamente nada.
Por eso, según Millás, nos cuesta desprendernos de los bolígrafos, aunque ya no pinten ni sirvan para nada, mientras que del lápiz nos deshacemos sin remordimiento cuando ya no es posible seguir esquilmándolo más. Evidencia que corroboré en una inspección ocular a los receptáculos en los que almaceno los cachivaches de escribir. Efectivamente, me di de bruces con un montón de bolígrafos agotados e inútiles, pero tan sólo con un par de lápices todavía, contrariamente, válidos y en uso a pesar de la irremediable mengua sufrida por su otrora estilizado cuerpo.
El texto de Millás me quedó tan absorto y pillado que, por no desperdiciar el placentero y gratuito punto, me dio por pensar que el funcionamiento social se asemeja bastante a los dispares avatares vitales del lápiz y el bolígrafo. Oséase, que más que por progresistas o conservadores, gobernantes o gobernados, críticos o sobachepas, sinceros o ladinos, marginados o subvencionados, del Madrid o de mi Atleti... y tal y tal, nos diferenciamos, mayormente, por ser lápices o bolígrafos.
Por aferrarse a la subsistencia pública unos, los que se agrupan bajo el perfil bolígrafo en la poblada tribu de la bicoca, sin otra cosa que aportar a la causa que un imperecedero continente totalmente engañoso y falso por carecer en su interior de cualquier rastro de contenido, de algo de tinta que deje alguna huella indeleble sobre la dura cotidianidad de los ciudadanos a los que dicen defender, y por estar condenados otros, los componentes de la esquilmada y lapicera puta base, a afilarse y agotarse hasta la extenuación para seguir tirando 'palante', hasta que la cosa ya no da para más por no tener cuerpo donde rascar y esquilmar.
El último paso sería, para que este verbo se hiciera carne tangible y comestible, ofrecer ejemplos concretos sobre los lápices y bolígrafos que pululan por nuestro entorno talaverano, pero mi capacidad de diagnosis sociológica no da para tanto. Como mucho, les puedo ofrecer una pista: la tinta boligráfica suele dejar cantarinas manchas en manos y bolsillos, mientras que la mina lapicera vive un continuo y autodestructivo esfuerzo para que la punta, la vida, no acabe quebrándose. Respecto a los bolígrafos que siguen aferrándose al hábitat público, aunque ya ni pinten ni aporten nada, todos sabemos que lo único que hacen es estorbar y quitar el sitio a savias y tintas nuevas. ¿Verdad, lapiceros militantes?