EL PSICÓLOGO EN CASA
Jorge Gómez Alcalá
A pesar de que el abuso sobre los niños es un fenómeno que se ha dado en todo tiempo y lugar, asistimos hoy, impulsados por los medios de comunicación y su capacidad de divulgación, a un aumento de la preocupación sobre situaciones de este tipo que se dan muy frecuentemente en nuestra sociedad.
La tendencia destructiva, incluso autodestructiva, se manifiesta como violencia en cada uno de nosotros y se expresa en todos las situaciones cotidianas. Esto no es algo que asombre a los profesionales de la Psicología, sobre todo si tienen un buen conocimiento de la Ciencia Psicoanalítica. Pero siempre producen cierta alarma social hechos que por su frecuencia se convierten en cotidianos, donde comprobamos el ejercicio de esta violencia que se realiza principalmente sobre personas o colectivos especialmente vulnerables.
Hay dos lugares preferentes donde se dan casi en su totalidad estas situaciones de abuso sobre los niños: la familia y la escuela.
La familia como institución es necesaria para la transmisión de valores fundamentales, y es principalmente aquí donde se han producido notables modificaciones y cambios en los últimos años. Con todo, no debemos ver en ellas la causa real de este problema, sino más bien en los efectos que estos cambios han producido, la raíz de una cierta anomia o ausencia de normas, que podemos constatar. Este efecto es lo que conocemos en términos psicológicos como "caída del nombre del padre". Se puede apreciar una pérdida notable de la autoridad paterna, lo cual se traduce en los niños en una cierta incertidumbre con relación a la posición que deben ocupar frente a la ley. Esto genera en ellos un aumento de la ansiedad y una pérdida de límites, llevándolos a una crisis de identidad que les produce una creciente inseguridad con relación al medio en que se deben desenvolver. Sin embargo, es en la familia donde se producen mayoritariamente las situaciones de abusos y malos tratos, a cargo de progenitores sin escrúpulos o con desórdenes psicológicos.
La Escuela, el otro gran escenario donde discurre el desarrollo y la vida de los menores, recibe este impacto formidable de pérdida de autoestima y de desconcierto infantil, produciéndose un incremento alarmante del fracaso escolar y de rebelión ante la autoridad. Los maestros y profesores, representantes de la sociedad para su educación y delegados para la función paterna en cuanto a la construcción de límites y a la formación de criterios éticos acerca de lo que está bien o mal, se encuentran ante una auténtica pesadilla por la actitud de muchos de estos niños y la falta de apoyo de muchas familias. Estos niños se rebelan ante la posibilidad de tener que renunciar al principio del placer, y aceptar un principio de realidad que se les antoja incomprensible y profundamente indeseable. No anhelan pensar en un futuro, que viven como muy lejano, sino dar cuenta de lo que sienten y desean en su realidad inmediata, y sólo responden en lo que tiene que ver con su situación presente y personal y que corresponda a sus intereses del momento, influidos por la publicidad y la televisión.
En la búsqueda de esa identidad que sienten se les ha escamoteado, se reúnen en pandillas o grupos que les proporcionan unas reglas y unas pautas de comportamiento para encontrar una forma de relación con el mundo, ese "afuera" que se les antoja hostil, extraño y muchas veces peligroso. Logran una identificación grupal llevando como estandarte una identidad de intereses que les une. La violencia es un tema que parece nos resultarles ajeno y siempre buscan y encuentran a otro niño a quien convertir en "chivo expiatorio". Incluso pueden llegar al asesinato, como es el caso de la niña de Seseña. Como consecuencia, esta víctima de la pandilla se siente acosada, auténticamente angustiada, ante la peligrosidad de la amenaza, convirtiendo su vida en un calvario.
Siendo los escenarios descritos los lugares preferentes donde ocurren estas cuestiones, son también allí donde debemos procurar resolver este grave problema. En el seno de la familia debemos procurar restablecer el funcionamiento del nombre del padre, con una presencia de este progenitor mucho más destacada, creando unos límites precisos y claros que redundarán en beneficio de la identidad del niño. En la institución educativa, prolongar el esfuerzo familiar creando los medios para que el niño pueda encontrarse frente a si mismo y frente a los otros con un deseo claro sobre su presente y su futuro teniendo como base el respeto a la autoridad de los maestros y la solidaridad con sus iguales.
Todo esto que es fundamental y básico para el desarrollo de nuestra juventud debe de ser apoyado desde el Estado por leyes que regulen el sistema educativo, suficientemente consensuadas y estables, que en definitiva tiendan a dar protección a nuestro colectivo más desprotegido.
Pero, con ser importante, el abuso sobre los niños no acaba aquí. Los medios nos informan del incremento de redes de pederastas que, aprovechando las ventajas que internet ofrece, divulgan e intercambian pornografía casi siempre con imágenes de niños y niñas violados o maltratados. La pederastia siempre ha existido, pero el avance tecnológico provee a estos psicópatas de nuevos medios para comunicarse, difundir y comerciar esas terribles imágenes que les resultan altamente eróticas. En un mundo cada vez más complejo, los niños son los que se encuentran más expuestos a todo tipo de peligros y circunstancias amenazadoras.
La familia y la escuela no bastan para atajar estos problemas pero, como hemos visto, pueden ocupar un papel destacado en su prevención. Es el Estado, a través de las instituciones mas cercanas como son el ayuntamiento y la comunidad autónoma, quien tienen que tomar cartas en la cuestión, sobre todo con medidas culturales y socio-sanitarias que informen suficientemente de la importancia de este problema y capaciten a la sociedad en su conjunto para poder detectarlas y prevenirlas.
El tratamiento que debemos realizar sobre estos niños maltratados y abusados supera notablemente las posibilidades que el Estado tiene en la actualidad para emprenderlo. Faltan medios para realizarlos, ya que la Sanidad Pública no posee la cantidad de profesionales con la cualificación necesaria para emprender la tarea. Ni siquiera tiene una política correcta que ataque el problema en el área de prevención y diagnóstico.
Nosotros sabemos que en cada niño maltratado se fermenta la posibilidad de generar un nuevo maltratador. Lo cual nos lleva a comprender que la terapéutica a emplear abarca al menos dos niveles de actuación: uno, individual, del caso por caso. Otro social, que apunta a lo grupal, a lo institucional y comunitario.
Queda expuesto el problema: ahora toca a los que manejan los resortes del poder arbitrar las medidas necesarias para dar cuenta y solución a este importante asunto.