Aquí el verbo profesionalidad se conoce que se conjuga como a cada cual le viene en gana, siguiendo los preceptos gramaticales de la dirigente socialista Elena Valenciano que en el Congreso regional del PSOE andaluz espetó aquello de “aquí -léase Andalucía- el verbo austeridad se conjuga de otra manera”. Que muy particular y heterodoxa tiene que ser dicha manera de conjugar, por cierto, teniendo en cuenta que a día de hoy austeridad es sustantivo y no verbo, salvo que la Merkel y sus mercados hayan decidido lo contrario con posterioridad a la redacción de estas líneas. Que temo más que a un nublao los fines de semana de los sastres alemanes que cortan ese traje corto español que luego recorta y pespunta Rajoy. Podría la Valenciano, sugiero, formar un dúo musical con su correligionaria de filas doña Bibiana Aído, y creo que no ha venido, bajo el nombre de “la charanga de las miembras austeridadas, du, du, ahhh”. En cualquier caso y sin que sirva de precedente, vamos a acatar en estos criticones barrios la disciplina lingüística de partido y, por lo tanto, asumir que aquí el verbo profesionalidad se conjuga como a cada cual le viene en gana.
En el centro de salud de La Estación, por ejemplo, se conjuga en modo indicativo de choteo y cachondeo como pudo comprobar una paciente cercanísima que, con la rodilla destrozada y sin poder prácticamente caminar, se metió entre pecho y espalda todo el boulevard de los sueños rotos del Paseo de la Estación para acudir, a la táurica hora de las cinco de la tarde, a una cita médica finalmente frustrada. Finalmente frustrada, miren ustedes, por la incompetencia manifiesta de una trabajadora de dicho centro que no sólo se empeñó en concertar la cita a esa hora de manera unilateral, sino que se tomó como un vil atentado contra su sanitaria autoridad la advertencia por parte de la paciente de que su médico solía pasar consulta en horario matinal. Advertencia que, no obstante, alguna mella hubo de dejar en el cuadriculado cerebro de la trabajadora de marras, puesto que la paciente en cuestión no aparecía en lista alguna de citas, ni matutinas ni vespertinas, probablemente porque la interfecta decidió borrar cualquier huella de su evidente falta de profesionalidad, primero, y consideración, después. Y no entro ya, por no hacer sangre y complicar la cosa con el gasto de la pertinente analítica, en las disquisiciones posteriores del propio doctor sobre si la cita finalmente conseguida tenía la categoría de urgencia, preferencia o sugerencia, de haber estado yo allí hubiera sugerido como solución la etiqueta de demencia, otorgando a tal elucubración más importancia que a la maltrecha rodilla de la paciente y a su correspondiente diagnóstico médico y farmacológico.
Que sé de los recortes, que no hay sustitutos y que algunos médicos se tienen que hacer cargo de lo que otros dejan por falta material de tiempo para descansar, pero también sé que los cabreos y los ‘reaños’ tienen que ir hacia arriba y no hacia abajo, hacia esa ciudadanía a la que los de arriba asfixian y los de en medio torean. Y ya está bien, coño.