EDICIÓN 609
30 de mayo de 2020, 3:16:02
Opinión

CON M DE MUJER


La soberanía del amarillismo

M. L. Ventura



Viernes 25 de Enero de 2019.

¿Ustedes también creen que es en época de crisis políticas, carencias de equilibrio en el orden público, ciclos de economías deprimidas y bla, bla, bla... cuando más afloran las noticias sensacionalistas?

A mí me parece que justo cuando algo se pudre entre las élites es cuando más hace su aparición la prensa amarilla, ese tipo de periodismo que incide en los titulares llamativos y escandalosos y que recurre a influir en las emociones de los ciudadanos para adjudicarse el oro, mostrando accidentes, robos, homicidios, violaciones, textos crudos de víctimas inocentes acompañados de imágenes impactantes de cuerpos inertes, mutilados, sangrientos... Todo ello, con el fin no sólo de aumentar las ventas sino también de servir de tapadera a los turbios asuntos de los todopoderosos.

Es verdad que este tipo de noticias enseguida se delatan porque, en cuanto nos metemos de lleno en ellas, las descubrimos magnificadas, con escasas evidencias y apenas amparadas por investigación alguna, pero a resultas el hueco se ha llenado, la atención se ha desviado y el objetivo se ha conseguido. Y es que el periodismo tiene la capacidad de intervenir el curso de los acontecimientos, de modificar la historia, de transmitir conocimientos, valores, opiniones; en definitiva, ¡de afectar, y mucho, en los resultados!

Cuando hablamos del verdadero periodismo entendemos que no es solamente reproducir chácharas de ruedas de prensa, transcribir preguntas y respuestas previamente realizadas en una entrevista o redactar una noticia sin más; al periodista riguroso lo imaginamos escudriñando los detalles, desenmarañando el ovillo, descubriendo entre líneas la información oculta intencionadamente, encontrando al culpable e informando al ciudadano de la verdad desnuda y sin tapujos, mostrando la noticia en bruto, sin adornos textuales, sólo transmitida clara, real y limpia.

Sin embargo, a duras penas nos encontramos con prensa no manipulada por posiciones particulares y, por desgracia, cada vez más a menudo nos topamos con quienes se dedican a amputar la noticia, a tratarla con falta de lógica y profesionalidad o directamente a obviarla, para hacer mayor hincapié en la crónica convenientemente manipulada, destinada en multitud de ocasiones a tapar la podredumbre en la que se agitan las altas esferas, ese divino lugar al que todos aspiran y donde apenas cabe ya una sola mierda más entre el abuso, el desfalco y el mangoneo reinantes.

Qué triste saber que irremediablemente la verdad sucumbirá encubierta por los paños calientes de la publicaciones amarillistas; que triste que una profesión basada en la ética y la sobriedad vaya en aras de designarse oficio de especuladores, traficantes de verdades a medias, titulares bombazo y sumidero de chismorreos; qué triste que esta indigna guerra por la audiencia y el caudal acaben convirtiéndola en un galimatías de apariencias y mentiras donde en cualquier momento todos acabaremos disipados entre la incertidumbre y la invención.

¡Maldita sea la falta que nos hace estar informados de una forma tan nefasta!

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