EDICIÓN 609
30 de mayo de 2020, 4:50:35
Opinión

CON M DE MUJER


España, en blanco y negro

M. L. Ventura



Sábado 2 de Mayo de 2020.

¿Se han preguntado alguna vez si resulta rentable el uso del odio?

Si lo han hecho, porque alguna vez lo han sentido y son sensatos para reconocerlo y aislarlo, habrán determinado que, aun teniendo una razón de base para generar un sentimiento tan negativo en un momento dado, el efecto que produce es, por decirlo de un modo suave, bastante “desagradable”.

El odio no atajado a tiempo puede acabar arraigándose de tal forma en nosotros, que finalmente se nos vuelva en contra y nos desequilibre emocionalmente, ya que comenzará a generarnos ideas negativas que, con el paso del tiempo, aumentarán de intensidad y nos provocarán numerosos problemas, amenazantes de sumirnos en un estado de ansiedad permanente y/o dirigirnos hacia enfermedades psicosomáticas mucho más graves que, definitivamente, afectarían a nuestras vidas de forma tanto física como emocional.

No cabe duda de que cargar con tan pesado paquete nos niega la oportunidad de ser felices y estarán de acuerdo en que la mejor opción es canalizar cuanto antes esta negatividad y eliminarla de nuestro interior ¡Ardua tarea, probablemente, pero efectiva, a opinión de los psicólogos, para nuestra salud!

Pues bien, en esta etapa de confinamiento que nos ha tocado vivir, en la que la mayoría de nosotros puede permitirse el lujo de dedicar un momento a analizar el día a día de nuestro país, asomándonos un rato a televisiones y redes sociales, es una responsabilidad personal regalarnos unos minutos para hacer un ejercicio de reflexión sobre el clima de odio calculado que pulula por las pantallas de unas y otras...

Y para aplicarnos preventivamente una buena dosis de meditación para evitar que nos salpique la brutalidad que campa a sus anchas a diario entre políticos y ciudadanos, en la que los protagonistas principales son el insulto, la descalificación y el fundamento dialéctico inapropiado. Una amalgama de sinrazones para un Estado de Alarma en el que, hasta las confrontaciones más nimias, resaltan por ser extraordinariamente inapropiadas

Resulta como poco agotador que en estos momentos, en los que tantas familias sufren por sus pérdidas personales y materiales, se sucedan un día tras otro las bochornosas escenas de petulancia egoísta y mezquina de la que hacen gala sus señorías desde el partido diplomado en recortes, en su afán, otra vez, por alcanzar la batuta del poder.

Lo primero que rechina de su terca campaña de odio es que sólo por extender el pie para obstaculizar las medidas que se ponen en marcha desde el Ejecutivo, retorcer los datos a su antojo y mentir con la mayor desfachatez, continúen con su ya soberbia habitual, percibiendo sus abultados honorarios sin que medie en ellos el recorte -esa palabra que tanto reverencian- aunque sólo fuera en un amago de ser “ingeniosamente solidarios”, como han hecho algunos en aras de publicitarse casi gratis e inflar su ego.

Hay además que sumar la agitación y animadversión que a conciencia están desatando con su conducta entre la ciudadanía y que, aunque no estemos al tanto, pasa por mantener a toda costa la división de siempre entre las dos Españas ¡la de arriba y la de abajo!

Llegados a este punto, tal vez sería conveniente recordar a este pueblo español que presume de humanitario, piadoso y caritativo; que reza a sus santos y promueve la fe en Dios; que presume abiertamente de estar en contra de la violencia; que se manifiesta regularmente contra el odio; que sufre, cuando asoman según qué imágenes de países “menos afortunados”; que teme, cuando piensa en las secuelas que las guerras dejan en las gentes, encétera, etcétera... que “obras son amores y no buenas razones”.

Y que este triste trance que nos afecta a todos, que no distingue en doctrinas, corrientes ni pensamientos, lo que requiere es demostrar a esta casta de perniciosos gestores lo que realmente significan el trabajo, la educación y el respeto, valores que parecen confundir con transportar un maletín lleno de legajos, mantener la pose del comportamiento social adecuado y abandonar entre renglones el dolor de los vivos por quienes se han ido, siendo más víctimas de las deficiencias de una sanidad cercenada que de la propia enfermedad.

Presiento que la mayoría de nuestros ancianos -nuestros valiosos “yayos”, que fueron capaces de sobrevivir a la Guerra Civil, que sortearon la posguerra a base de trabajo duro y privaciones muchas, que soportaron los años de dictadura con todo lo que ello supuso de sumisión, frustración, ira y dolor, que levantaron de nuevo esta España mía y esta España nuestra, que no dudaron en compartir sus pensiones con la crisis financiera de hace unos años ¡otra crisis más! que salieron decididos a las calles a darnos a todos una lección de dignidad- se merecen que, aunque sólo sea una vez, optemos por un cambio de actitud y dejemos atrás el inmovilismo, los insultos y la división que sólo conducen a la desigualdad, los abusos de poder, el favoritismo y el fraude.

¡Creo que nunca un momento fue más idóneo que este para aparcar los colores e inventarnos como españoles en blanco y negro!

¿Se suman?

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