EDICIÓN 609
7 de julio de 2020, 8:25:41
Opinión


Negación, temor y silencio

Fernando Rovetta Klyver, profesor de Ciencias Políticas en la UCLM



Viernes 29 de Mayo de 2020.

Tan cuestionable como confundir realidades, es simplificarlas. Si no resulta conveniente confundir política con religión, tampoco conviene reducir la realidad política a la mitad, para que encaje en lecturas maniqueas. Hemos señalado ya en La voz de Talavera (03/04) y El Diario.es (07/04) que el nacionalcatolicismo nació el 1 de julio de 1937, cuando el Cardenal Isidro Gomà y casi todos los obispos españoles firmaron la Carta Colectiva con la que bendijeron a Franco.

Dijimos que esto se explicaba por los 6.832 víctimas mortales, entre clérigos y laicos, que ocasionaron grupos incontrolados, simpatizantes de la II República. Pero esa explicación no justifica que una Institución como la Iglesia en España haya quedado identificada con los nacionales.

Esa fusión entre poderes de distinta naturaleza, temporal y espiritual, todavía no ha sido motivo de autocrítica pública por parte de la jerarquía de la Iglesia católica en España, a pesar de que el Cardenal Tarancón intentara hacerla en 1971. Si católico quiere decir universal, el nacionalcatolicismo es un oxímoron: o bien es una religión nacional y, por lo tanto, no es católica; o bien es católica y no puede reducirse, en consecuencia, a una religión nacional.

Insisto, pues, confundir lo religioso y lo político es tan malo como simplificar este segundo escenario, negándose a ver la realidad en su conjunto. En mayo de ese mismo año 1937, el Papa Pío XI hizo públicas tres Encíclicas: una sobre los cristeros en México, que poco interesa en este contexto, salvo porque avivó en el nacionalcatolicismo su deseo de una encíclica específica que no llegó.

Pero las otras dos sí son relevantes: una condenaba a Hitler; la otra, a Stalin. Sin embargo, por orden de Franco sólo se difundió esta última. De ese modo, se simplificó la realidad, sólo había un totalitarismo a combatir: el comunista; el totalitarismo nazi no era enemigo de Franco, era su aliado.

Cuando meses después llegan las cartas de Obispos del mundo manifestando su solidaridad con los firmantes de la Carta Colectiva, el Cardenal Gomà pensó publicarlas en un libro con prólogo del Papa. Éste delegó tal tarea en su Secretario de Estado, que luego será Pío XII. El prólogo terminaba saludando a la jerarquía eclesial española por “combatir el mal radical, venga de donde venga”.

De este modo, la proverbial diplomacia vaticana, aludía a los dos totalitarismos. El libro se publicó, adulterando el prólogo, quitando la expresión “venga de donde venga”. Por segunda vez, el nacionalcatolicismo se declaró anticomunista y negó que existiera otro totalitarismo, el nacionalsocialista. Fue este último el que inició la II Guerra Mundial y el que invadió Rusia, pese al acuerdo de no agresión entre Hitler y Stalin.

Aquí tenemos un esquema maniqueo: los nacionales se presentaban como los buenos, defensores de Dios y la Patria; al frente los comunistas, único totalitarismo que necesitaban identificar como tal, eran los malos.

¿Por qué volver sobre una historia tan turbia y dolorosa? Porque en fechas recientes vimos gestos de un nacionalcatolicismo todavía activo. En las últimas manifestaciones del partido ultraconservador, no faltaron banderas franquistas, ni saludos con los brazos en alto. Días antes, una jueza que a título personal había escrito un artículo criticando tales manifestaciones recibió amenazas; días después, un dirigente de UGT fue agredido por ocho individuos con signos de pertenecer a tal partido.

El año pasado, en fechas previas a las elecciones generales, realizamos en la Facultad de Ciencias Sociales de Talavera de la Reina (UCLM), como actividad de la asignatura Ciencia Política, una mesa panel “Últimas preguntas”, invitando a todos los candidatos a la alcaldía local. De los seis partidos políticos, sólo faltó Vox. Este año, convocamos un foro de “Voces eco-lógicas”. Me consta que fueron invitados, pero por segunda vez decidieron enmudecer.

Pareciera que dialogar reflexivamente no les convoca; se les ha visto hacer ruido con cacerolas o con el claxon. A juzgar por la exhibición de vehículos de alta gama en la manifestación del pasado fin de semana, quienes se manifestaban no pertenecen al colectivo que sociológicamente se identifica como pueblo. Tampoco parece que estuvieran dispuestos a dar voz a quienes no la tienen. Por el contrario, los gestos antes aludidos recuerdan a los del totalitarismo negado por la Jerarquía eclesial, sumisa a las órdenes del Caudillo.

La escalada de violencia verbal en el Congreso, y no solo verbal en las calles, resulta preocupante. Es oportuno que la Iglesia en España recupere su compromiso con el orbe católico y se desvincule de los partidos de derecha que pretenden monopolizar la opinión de los creyentes.

Este nudo gordiano, que confunde religión y política y que considera que sólo hay un totalitarismo a evitar y no dos, merece ser cortado como hizo Alejandro Magno; pero, en este caso, no se necesita una espada. Sólo sería necesario pedir perdón por la falta de coherencia durante tantas décadas.

En cuanto pasamos a Fase 1 de la desescalada, me acerqué a dialogar con el Párroco que -como informó La Voz de Talavera- por YouTube continúa solicitando la conversión del Presidente y de un Vicepresidente de gobierno. Mientras esperaba, leí un libro suyo de 163 páginas donde 33 veces habla de “nuestra Patria”, como el marco de actuación del cristiano; al parecer, tales son sus fronteras.

Aceptó que no correspondía la respuesta que recibí de otro clérigo: “¡Que pidan perdón ellos primero!”, porque ya el 18 de julio de 1938, Manuel Azaña terminó su famoso discurso de las 3 P reclamando: “paz, piedad, perdón". No obstante, no se avino a facilitarme una audiencia con el Arzobispo de Toledo.

Saint-Exupéry -quien fuera corresponsal de guerra para la república española- advertía que "La guerra no es una aventura. La guerra es una enfermedad. Como el tifus" pero la peor de todas es la guerra civil, porque en ella: “…se fusila más que se combate. Se fusila aquí como se talan árboles".

El autor de El Principito distinguía, entre los diferentes tipos de silencio, dos fundamentales: el silencio de mudez y el silencio que es resonancia de la palabra auténtica. La mudez suele ocultar cobardía y complicidad; por el contrario, a veces el silencio es necesario para decir luego lo que corresponde en el momento oportuno.

Podríamos interpretar como ejemplo del primer silencio el de quienes, invitados a sendos debates universitarios, no acuden a presentar sus proyectos políticos o a opinar sobre el ecosistema.

Escribo estas líneas confiando en que el silencio de la jerarquía eclesial española pueda encuadrarse en el último modo de silencio. Si pronto resonara el pedido de perdón para restañar heridas y propiciar reencuentros, esto sí constituiría todo un signo de los tiempos, una razón para la esperanza.

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