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EL CRITICÓN

Palabras que delatan

Palabras que delatan

Julio Martín

Las palabras que utilizan nuestros representantes políticos son, a veces, altamente significativas a la hora de hacerse una ligera idea sobre cómo está ese patio público que ellos tan afanosamente ‘limpian’, aunque siempre dejando, ¡ay!, alguna que otra telaraña delatora. No sé quién coño dijo que si comienzas a elucubrar sobre lo que no tienes, perderás la voluntad para conseguirlo; pero esta sentencia se ajusta como anillo al dedo a esta Talavera de nuestras vidas y movidas que lleva décadas elucubrando sobre lo que ni tiene ni llega, y aquí que cada uno se suba al tren, a la plataforma o a la piragua que mejor le cuadre, al tiempo que la voluntad política para conseguirlo va mermando, claudicando o desapareciendo, sin combate alguno para más inri.
Pero íbamos y de hecho vamos a las palabras en sí, porque en este territorio comanche hace demasiadas lunas que de las bocas de nuestros representantes no salen otros vocablos que reactivar, recuperar, potenciar, re­surgir o revertir la situación, que es lo último en el siempre críptico y escaqueante lenguaje político, lo que demuestra el estado casi comatoso de nuestras células industriales, sociales y laborales. Todo, claro, porque na­die puede resurgir sin estar hundido, reactivarse sin estar inactivo, potenciarse sin estar con las pilas a cero o revertir su dinámica, si la misma no es cuesta abajo y sin frenos.
Bajo estas premisas que podrían resumirse en el drástico aserto de que tan sólo un muerto puede resucitar, está a huevo colegir que lo que realmente quieren decir nuestros gestores públicos titulares, suplentes o en la entreplanta cuando hablan de reactivar, resurgir o revertir, es que a día de hoy Talavera está más tiesa que la mojama en todo lo que respecta y afecta a su dinamismo social y laboral. Que lo podrían decir y asumir claramente, porque sabido es que el primer paso para la curación es reconocer la enfermedad o problema que se padece, y no prolongar ad eternum esas cansinas elucubraciones sobre lo que no tenemos que, como decíamos al principio, lo único que aportan es una paulatina merma de la voluntad política para lograrlo y de la voluntad popular por luchar para disfrutarlo.
Todo se convierte, pues, en un ilusorio sueño con tendencia a pesadilla del que cada día nos levantamos llenos y plenos de sopor, sudor y dolor ante la evidencia de que nada realmente cambia y, lo que es más desmoralizante aún, que nadie se reactiva, potencia o revierte por generación es­pontánea de palabras, sino con inversiones, actuaciones y compromisos que, me van perdonar, este humilde criticón no ve por lado alguno.
Y es que, puestos a elegir, el personal prefiere que le digan las cosas tan claras como el otro día las dejó Rajoy en su recibimiento a los campeones del mundo de motociclismo. “Gracias por hacernos tan felices y no co­brarnos nada a cambio”, sentenció el presidente. Que podría extrapolarse en esto otro de ‘gracias por votarnos y no exigirnos nada a cambio’. Que es, mayormente, en lo que estamos. Para mayor felicidad de nuestros elucubradores dirigentes, claro está.

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