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TALAVERA VIVA

¡Ay, qué tío! ¡Qué puyazo le ha metío!

Jesús Huete

viernes 19 de agosto de 2016, 09:11h
¡Ay, qué tío! ¡Qué puyazo le ha metío!

Viernes 19 de Agosto de 2016.

El vodevil político que se está representando en los medios de comunicación tras las elecciones pasadas, junto con la calorina que estamos pasando este verano, me ha traído a la memoria un par de recuerdos de juventud.

El primer recuerdo es la “Galería Salesiana”, una extensa colección de obritas teatrales que se representaban en los colegios de esa orden en las fiestas de guardar. Eran de una blancura inmaculada, según el criterio de los venerables frailes; en ellas, todos los personajes eran masculinos y se habían eliminado las escenas, situaciones y diálogos virtualmente “pecaminosas”. La presentación de los pactos conducentes a la investidura de Rajoy requiere ahora un argumento teatral, un relato y una puesta en escena dignos de ser incluidos en la Galería Salesiana.

Tras las pasadas elecciones, todos los Partidos pretenden evitar una tercera vuelta, porque temen que el electorado les castigue con una alta tasa de abstención. Aunque los medios de comunicación han transmitido la impresión de que Rajoy se pasa el día leyendo el Marca y fumando puros, y que los demás líderes están tomando el sol en las playas, lo cierto es que, desde el primer momento, los políticos no han parado de negociar a cara de perro, directamente o a través de intermediarios, hasta que han llegado a unos acuerdos de mínimos. Las negociaciones tienen que haber sido intensas, duras y, en algunos momentos, agresivas y escabrosas. Las tácticas negociadoras de todos parecen haber seguido pautas extremadamente defensivas, al acecho de errores ajenos, algo así como el “catenaccio” habitual de los equipos de futbol italianos.

Ahora, los negociadores están obligados a poner en escena un argumento libre de agresividad, aunque fiel a sus ideas, que permita iniciar la legislatura. Además, los Partidos desean escenificar que están sometiendo los pactos a la aprobación de sus respectivos Comités ejecutivos, e incluso, de sus militantes, en aras de la democracia interna. Se avergüenzan de admitir que las grandes decisiones son tomadas, como es lógico, por media docena de poncios, que han sido elegidos para ello.

Salvo los Partidos raca-raca, instalados en la oposición al sistema, los partidos constitucionalistas están obligados a decir “digo” en algunos puntos donde antes dijeron “Diego”, a veces con un énfasis excesivo. Este proceso de cambio necesita, para ser digerido, un periodo de maduración, porque todos deben aceptar que han hecho algunas concesiones y, simultáneamente, convencer a sus correligionarios de que no han claudicado.

No obstante, tenemos un problema. El tratamiento informativo que las cadenas radiofónicas y televisivas están dando a las negociaciones políticas dificulta mucho esa puesta en escena pacífica de los acuerdos alcanzados. Predomina en dicho tratamiento (que se asemeja al que suelen dar esas mismas cadenas a los amores y desamores de los famosillos, que ellas crean y destruyen), la exhibición de broncas y escándalos entre los políticos, con fines comerciales de dudosa ética, antes que el análisis objetivo de las diferentes propuestas políticas, porque piensan que el conflicto bronco y tumultuoso hace crecer la audiencia y, en cambio, la exhibición de consensos la merma.

Con estos criterios, someten a un escrutinio permanente y agresivo que, en algunos casos supone una presión peligrosa para la seriedad de las negociaciones entre los Partidos, a los políticos que entrevistan en las tertulias. Mañana, tarde y noche, las diversas cadenas pretenden que las negociaciones entre los Partidos se produzcan en directo en sus respectivos platós. Cada cadena ha apadrinado a un Partido, y monta todos los días el espectáculo de invitar a políticos de los otros Partidos, y enfrentarles a un sanedrín compuesto mayoritariamente por simpatizantes del Partido apadrinado por la cadena. Y en el plató someten al invitado a un fuego graneado.

En contra de los usos y costumbres del periodismo responsable, en esas sesiones de tortura los tertulianos celebran alborozadamente mucho más la agresividad de las preguntas-trampa que hacen los colegas de su cuerda al entrevistado que las respuestas de éste. Por su parte, los entrevistados han desarrollado un mecanismo de defensa, consistente en repetir constantemente los mismos mantras contenidos en el “argumentario” oficial elaborado por su Partido para cada tema, cualquiera que sea la pregunta que les hayan hecho. El resultado es una algarabía inútil.

Esta práctica sectaria de ciertos medios me ha traído a la memoria el segundo de los recuerdos asociados a la calorina estival: “La blanca doble”, una revista musical del maestro Guerrero. Los autores de revistas utilizaban durante la dictadura de Franco, para burlar de alguna manera la censura, la figura del “gracioso” que, alocadamente, se atreve a decir cosas no permitidas a las personas “de orden”.

En “La blanca doble” se incluyeron unas bulerías cantadas por un cómico, en las que se denunciaban pequeñas cuestiones de la vida social; y las coristas remataban cada estrofa con un estribillo que decía: “¡Ay, qué tío! ¡Ay, que tío! ¡Qué puyazo le ha metío!”. Y en cada ciudad se fue adaptando la letra de esas coplas a las circunstancias locales. En Talavera, la gente joven tenía ojeriza a un probo policía del Ayuntamiento y para mortificarle se cantaba una estrofa que decía: “Por la calle San Francisco / ya no se puede pasear, / porque han puesto a “el Maraga” / de guardia municipal. / ¡Ay que tío! ¡Ay que tío!...

Actualmente, en las tertulias políticas televisivas, algunos tertulianos pasan el rato jaleando las intervenciones de los colegas que intentan poner en aprietos al entrevistado de turno. Sólo les falta cantar como las coristas de Guerrero: “¡Qué puyazo le ha metío!”. Esa clase de periodismo-espectáculo constituye una degeneración de la necesaria función que deben cumplir los medios de comunicación, cuya existencia es imprescindible para el mantenimiento de la democracia.

Lamentablemente, estos esperpentos televisivos carecen de valor informativo real e impiden el análisis objetivo de las propuestas políticas. Fomentan el populismo más rastrero. Creo que confirman una vez más la vieja sentencia de McLuhan: “El medio es el mensaje”. Por mi parte, me permito añadir que, en realidad, el único mensaje consiste en el incremento de las cuentas de resultados de los negocios de sujetos como los señores Lara y Berlusconi.

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