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TALAVERA VIVA

Democracia, endorfinas y exorfinas

Jesús Huete

viernes 25 de agosto de 2017, 08:44h
Democracia, endorfinas y exorfinas

Viernes 25 de Agosto de 2017.

El pasado viernes recordábamos una frase de un tal Sieyes -"el pueblo no puede hacer por sí mismo y directamente la ley"- y esa es la razón por la que el gobierno democrático es sustituido por el representativo, procurando a la vez (pocas veces consiguiéndolo) mantener intacto el conjunto de la argumentación sobre los vínculos entre voluntad general, razón y ley. Todos sabemos las causas por las que el pueblo no puede hacer "por sí mismo y directamente la ley". La más utilizada entre todas las razones es a la que más se alude desde el siglo XVIII: Las sociedades que surgen a partir de entonces son de unas dimensiones que imposibilitan la aplicación a las mismas "la libertad de los antiguos"; esto es, el autogobierno o la autonomía colectiva.

Las actuales son sociedades comerciales, dominadas por los intereses privados y profesionales, demasiado grandes y populosas, en las que las personas carecen de tiempo libre (lo cierto es que ni lo quieren) para ocuparse de las cuestiones políticas y dejan éstas en manos de representantes parlamentarios elegidos por los ciudadanos, con listas cerradas y una pobre información de la vida y milagros de cada prócer, o prócera, salvando alguna que otra excepción.

Estos representantes, según una idea muy extendida, no representan a sus electores, sino a la nación considerada como conjunto. "Todo diputado es responsable de la nación entera", otra vez Sieyes, y por ello no se encuentran sujetos a mandato imperativo alguno que les ligue con los intereses empíricos y terrenales de aquellos que les eligieron. La interpretación de cuál sea la voluntad general por parte de los representantes se convierte así en crucial, incluso cuando se considera a éstos como meros comisionados de grupos de poder económico y social.

De hecho, como señalaba el nada demócrata Burke, "lo que los representantes deben a sus representados es devoción y lealtad a sus intereses, no a su opinión". Esto es: que los representantes deben deliberar sobre los intereses generales de la nación y tomar decisiones basadas en ellos, pero para hacerlo pueden -y a menudo deben- contradecir las opiniones de sus representados, Y si a éstos el tema a tratar se la trae al pairo, mejor que mejor.

La política, desde el siglo XVIII, ha estado en manos de tipos 'contrarrevolucionarios'; como Joseph de Maistre, quien solía vacilar a los teóricos de la Política con razonamientos de esta guisa: "el pueblo es soberano pero ¿sobre quién?. Sobre sí mismo aparentemente. En esto debe haber algún error porque el pueblo que manda no es el mismo pueblo que obedece; por eso se dice que el pueblo ejerce su soberanía a través de sus representantes".

Y esto empieza a tener sentido, aunque diferente al pretendido por la modernidad; ese sentido es: el pueblo es el soberano que no puede ejercer su soberanía. Quizá por esta razón -tan sufrida en la Comunidad de Talavera y aledaños- el pueblo suele buscar a tipos que se le parecen para que gobiernen en su nombre y sean los agentes de su autolegislación.

Y el nivel más democrático, el más puro por primitivo, es el que se acopla a las ciudades medias -sean o no capitales-, al ser el lugar más idóneo para votar a quien crees que luchará por tus intereses y, de paso, por los del resto de la ciudadanía.

¿Qué esperan para consultar a la ciudadanía qué opina de la política sufrida por estos lares desde que se fundó la surrealista Junta de Comunidades, tan real, tan cruda, tan brusca, tan inclemente con la Comunidad de Talavera? Y, en base a los resultados estadísticos, y de no tener endorfinas para pelear por nosotros, que se las recete su galeno. Exorfinas políticas.

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