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DENTRO Y FUERA

Si de honestidad hablamos...

Tirso Lumbreras

sábado 14 de octubre de 2017, 10:24h
Si de honestidad hablamos...

Sábado 14 de Octubre de 2017.

Si la HONESTIDAD fuera un valor para ellos y la defensa de los intereses de los ciudadanos, como dicen, fuera su prioridad, alguien (entre otros Mariano y Carles) hace tiempo que se habría dado cuenta de que ni estaban siendo honestos, ni su prioridad es la solución eficaz de los problemas que afectan a los ciudadanos a los que gobiernan.

Si su interés electoral, convertido con el paso del tiempo en personal, no fuera su auténtica prioridad, ambos, entre otros, reflexionarían y llegarían a la conclusión de que el esperpento de la No Declaración Unilateral de Independencia (NDIU, en terminología periodística) pone bien a las claras que esto no puede seguir así. Ahorro calificativos que, sin duda, están en la cabeza de mucha, mucha gente.

No sé cual es la solución última al problema; pero lo que sí sé y sabemos todos es que hay un gran problema político y social que día a día está deteriorando la convivencia, la confianza y la seguridad jurídica, e incluso personal, de los ciudadanos. Y, como eso es así, es evidente que, si con honestidad actuamos, solucionar este problema, y de paso otros muchos, debe ser la prioridad de los gobernantes. Yo no creo que se atrevan -no que no les gustaría- a actuar de esa forma. Sin embargo, aun a nuestro pesar, necesitamos a nuestros gobernantes para, al menos, ponernos en el camino de la solución y por ello reclamo su actuación.

Y he dicho 'ponernos en el camino de la solución', porque la solución nos corresponde a nosotros. Si el problema es nuestro, de todos, somos nosotros quienes fundamentalmente debemos solucionarlo; y en un Estado y en una sociedad democrática los ciudadanos contribuyen, quiéranlo o no, y deben participar activamente en la solución de sus propios problemas. ¿Cómo? Votando. Manifestando su decisión de quién quieren que les gobierne y cómo quieren que se les gobierne; por los procedimientos democrática y legalmente establecidos. Por eso, el inicio o el camino hacia la solución de la situación actual pasa por unas elecciones; en el conjunto del Estado español y en Cataluña.

Los catalanes deben salir, ante todo, de la situación absurda en la que se encuentran. Ese juego con el que les está entreteniendo o cabreando, según se mire, el Sr. Puigdemont y sus sombras a los catalanes, diciendo, sin decir, o diciendo para que unos te interpreten de una forma y otros de la contraria; queriendo contentar a todos y no dejando satisfecho a nadie, no puede continuar por más tiempo.

En el conjunto del Estado español no puede consentirse por más tiempo el desasosiego en el que nos encontramos; y sin otra preocupación, aparente, que no sea Cataluña. Con un presidente que no hace cuando debe hacer, y que hace cuando debe estarse quieto; envuelto en la bandera, como reclamo de votos para su partido, desoyendo las continuas voces que le dicen una y otra vez que se está equivocando -claro, salvo la de esos asesores que, sin duda, le dicen “aguanta Mariano, que estos son votos”-, y siendo parte activa -por omisión también se contribuye a crear un problema o a agrandarle- del problema principal, a que me vengo refiriendo.

Por ello, como necesitamos a los gobernantes para convocar elecciones y entendiendo que la actual situación sólo se puede solucionar por esta vía, únicamente les pido que se sienten a dialogar, ya. Y ese dialogo debe centrarse en cómo administramos el desacuerdo en esta situación de interinidad y cómo se producen los procesos de convocatorias de elecciones; en uno y otro lado. Lo demás sobra en este momento. Dialogar siempre es bueno; pero, no nos engañemos, simular un diálogo, escondiendo intereses electorales inmediatos, no soluciona el problema. Y ya alguien dijo que “cuando los problemas no se solucionan y se esconden, vuelven... pero agrandados”.

El resultado de las elecciones determinará quiénes se sientan a seguir dialogando (los actuales no sirven y lo han demostrado hasta la saciedad) y sin el temor a su incidencia en procesos electorales inmediatos. Pero ese diálogo, tras el proceso electoral, no debe ser sólo sobre Cataluña. Ese diálogo debe llevarnos, y de forma consensuada, a profundizar en la ordenación territorial del conjunto del Estado español y a cómo llevar a cabo la reforma de la Constitución, para hacerlo posible; y de paso adaptarla a la realidad actual de la sociedad española.

¿Pero en qué mundo vivo? ¿Cómo se me ha ocurrido que esto puede ser posible, si ello trastoca los planes electorales y las expectativas políticas de unos y otros? ¡¡¡Aaaah…, claro!!!, se me olvidaba que no se trata de solucionar los problemas, sino de jugar a la política, y en estas situaciones el diálogo es un paripé más.

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