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TALAVERA VIVA

El carajal catalán (3)

Jesús Huete

sábado 28 de octubre de 2017, 10:44h
El carajal catalán (3)

Sábado 28 de Octubre de 2017.

El grupo más numeroso de fieles separatistas en Cataluña es el de los pequeños burgueses. En este colectivo se integra el subgrupo formado por decenas de miles de funcionarios de las administraciones regional y municipal, así como por los trabajadores de las numerosas empresas públicas creadas por dichas administraciones. Se incluyen aquí los miles de enseñantes, sanitarios, policías, bomberos, etcétera. Estómagos agradecidos, que fueron contratados, previa afiliación a alguno de los partidos nacionalistas, y cuya promoción depende de su fidelidad a sus jefes políticos.

Asimismo, integran este grupo una gran cantidad de personas cuyo medio de vida es el trabajo en organizaciones semipúblicas y privadas, creadas oficialmente en formato de ONGs con fines benéficos, culturales, de promoción social, etcétera. Esta miríada de entidades, “engrasadas” con subvenciones públicas, entre las que destacan las denominadas Asamblea Nacional de Cataluña y Omnium Cultural, se han dedicado a difundir la ideología y los mensajes separatistas, y a promover y participar en actividades conducentes a la secesión. El personal que se “gana la vida” en estas organizaciones está obligado necesariamente a comulgar con la ideología que les paga.

Otro subgrupo pequeñoburgués es el de los miles de propietarios y trabajadores de empresas medianas y pequeñas, cuya existencia y actividades están condicionadas por las regulaciones técnicas y administrativas, así como por las concesiones y los permisos de las administraciones públicas, cuya vigilancia puede resultar asfixiante en caso de no comulgar con la “fe verdadera” independentista. Y por otra parte, la cuenta de resultados de muchas de esas medianas y pequeñas empresas depende de contratos con las administraciones públicas, lo que les obliga también a hacer profesión de esa misma fe.

Asimismo, en las recientes algaradas separatistas ha participado activamente el colectivo pequeñoburgués de los agricultores, que se benefician de diferentes ayudas y subvenciones generosas de la UE, estatales y autonómicas, gestionadas y tramitadas por el gobierno catalán. Obviamente, el hábito independentista resulta obligado para acercarse a la ventanilla que procesa los expedientes de dichas subvenciones.

Este grupo de la pequeña burguesía también incluye a individuos de las segundas generaciones de obreros inmigrantes, que han aprovechado las posibilidades de ascenso en la escala social, han roto con la clase social de sus padres y han renegado de la procedencia geográfica de éstos; el más conocido de estas personas es el diputado de ERC, don Gabriel Rufián.

Al igual que sucedió anteriormente en el País Vasco con muchos hijos de emigrantes, los “rufianes” han tendido a sobreactuar en sus manifestaciones de “catalanidad”, con el fin de hacer olvidar su condición charnega y para “hacer méritos” ante el poder político dominante. Y, por otra parte, han tratado de integrar la ideología nacionalista con la de extrema izquierda, lo cual es un evidente contrasentido, como recordaban hace pocos días Alfonso Guerra y Nicolás Sartorius, entre otros políticos “de izquierdas”.

El grupo de pequeños burgueses, que integra los diferentes subgrupos reseñados más arriba, además de ser el más numeroso es el más infectado por la ideología nacionalista, por lo cual constituye el mayor obstáculo para llegar a una solución razonable del carajal al que se ha llegado.

Desde hace más de treinta años, o sea, dos generaciones, esta población viene siendo adoctrinada en las escuelas. Contradiciendo a los hispanistas extranjeros más respetados, la Historia y la relación pasada y presente de Cataluña con el resto de España han sido sistemáticamente falseadas por académicos sectarios a sueldo del poder catalán, con el fin de difundir entre la población supuestos agravios, antiguos y recientes, como que Cataluña era un estado desde la Edad Media; que la Guerra Civil fue una guerra de Franco contra Cataluña; que el Derecho Internacional y los Evangelios avalan el derecho de autodeterminación; que “España nos roba” (desmentido brillantemente por Borrell), etcétara, etcétera.

En la labor de adoctrinamiento político han desempeñado un papel estelar los siete canales de la televisión pública catalana, regidos por una política absolutamente sectaria. Y, por otra parte, el déficit financiero crónico de los medios de comunicación privados ha hecho depender su cuenta de resultados de las subvenciones directas e indirectas de las administraciones públicas, a cambio, obviamente, de convertirse en voceros de las políticas nacionalistas. La casi totalidad de los medios de comunicación catalanes ha contribuido a difundir el “relato” oficial independentista, un conjunto infumable de falsedades, urdido por los gobernantes catalanes.

En los últimos años, estos medios de comunicación presentaron a los catalanes la secesión como la vuelta al paraíso terrenal, donde, librados del Estado español, todos nadarían en la abundancia; validaron las afirmaciones de su gobierno, que aseguraba que la Unión Europea violaría todos los tratados vigentes para admitir automáticamente a la nueva República catalana, ya que la U.E. no podría permitirse la pérdida de tan excelso país, un nuevo Camelot, y de sus riquezas; y mucho menos Europa podría prescindir de la laboriosidad, la creatividad, la inteligencia y los excelsos valores de los superhombres que pueblan tan privilegiado territorio, en el que, tras la independencia, manarán ríos republicanos de leche y miel.

La reconversión ideológica y emocional de este numeroso colectivo de personas requerirá la adopción de un amplio conjunto de medidas durante un largo periodo de tiempo. Es necesario que dicho colectivo asuma la necesidad de subordinar los factores sentimentales a las realidades materiales de la vida; deben pasar de la adolescencia política a la madurez. Para conseguirlo, será preciso instrumentar algunos “ritos de paso” sociales. No obstante, dada la extensión actual de la plaga separatista, sólo es posible tener un éxito parcial con respecto a la población actual, es decir, reducir el número de infectados.

Para llegar a una solución duradera del conflicto es necesario adoptar medidas que eviten a las generaciones futuras el contagio de la ideología más sectaria independentista. Porque es evidente que nadie nace patriota catalán, español, francés o inglés; la familia, la escuela y los sistemas de socialización existentes construyen la relación sentimental de cada individuo con una determinada patria, así como el sentimiento de extranjería con el resto de patrias, y el odio a éstas. En estos campos en que opera la socialización de los individuos es donde es preciso cambiar los actuales “ritos de paso”.

Como no quiero aburrirles, si les parece, seguiremos hablando otro día.

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