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CON M DE MUJER

Señoras putas

Señoras putas

M. L. Ventura

jueves 22 de febrero de 2018, 08:39h

Jueves 22 de Febrero de 2018.

La “honra femenina” fue, y aún lo es, un concepto estrechamente ligado a la sensualidad y, con ello, a la castidad, la pureza y la fidelidad. En muchos países no someterse a un solo hombre y/ o no poner reparos a gozar de la sensualidad es aún fuente de conflicto y suficiente motivo para adherir la palabra “puta” al nombre de las mujeres; muy al contrario que los hombres, que pueden disfrutar abiertamente del sexo, por ser considerados más varoniles que los que no lo hacen; de hecho, el honor masculino y el femenino están definidos con términos opuestos: ellas son consideradas buenas mujeres por carecer de sensualidad, mientras que ellos lo son más hombres cuanto más la viven.

La palabra “puta” en realidad deriva del masculino” puto” y ya en la época romana se utilizaba para relacionar a los adolescentes, entonces conocidos como efebos, con la prostitución. Pero fue allá por el año 1600 d.c., durante la guerra de los 30 años, cuando el feudalismo en Europa quedó sometido al capitalismo, cuando se disparó la división entre clases sociales y las diferencias entre hombres y mujeres se hicieron más latentes.

La guerra trajo consigo el recorte de salarios -éstos, ya bastante reducidos-, las enfermedades y las hambrunas, por lo que las mujeres, que ya entonces cobraban sólo un tercio de los salarios masculinos, vieron definitivamente cercenados sus derechos, lo que indudablemente contribuyó a la excesiva extensión de la prostitución durante ese periodo.

La iglesia católica también colaboró en tal impudicia al considerar que las mujeres eran seres débiles mentales, proclives a hacer tratos con el demonio. Con estos argumentos crearon nuevas leyes que las dejaban totalmente subordinadas a los hombres y que dieron pie a una desenfrenada persecución básicamente dirigida hacia aquellas que destacaban, sobre todo en las materias relacionadas con las ciencias, por ser éstas profesiones consideradas masculinas. Señaladas como brujas, eran torturadas y finalmente quemadas en la hoguera. ¡Y así, de este modo tan sórdido, se destruyó la incursión de la mujer en el estudio de las ramas científicas!

Dado que los hombres se veían fortalecidos en su condición por ser apreciados como criaturas sexuales con deseo activo… ¡e incontrolable!, y que a las mujeres se les alentaba a creerse entes asexuales, cuya pasión debía ser abortada de inmediato, inevitablemente la sociedad femenina quedó dividida en dos: por un lado, las damas nobles, buenas mujeres y sucesoras de María virgen, subordinadas a sus esposos y destinadas sólo al cuidado del hogar y los hijos; y, por otro, las obreras, trabajadoras a cargo del acaudalado burgués que, bien en la hacienda o en la fábrica, acababa convirtiéndolas en una mercadería más para su uso y disfrute.

Hipócritamente se mantuvo activa la prostitución aun siendo moralmente condenada, pues de este modo el señor pudiente podía cometer “los peores pecados de la carne” sin dañar el honor de su “santa esposa”, acudiendo a los prostíbulos donde encontraba a su disposición a las malas mujeres, las descendientes de la pecadora Eva, ¡la expulsada del paraíso!

Con esta hábil maniobra, las mujeres quedaron relegadas al mundo privado y se dejó la usanza del público a los varones, los marginados y... las prostitutas, lo que dio origen al término “mujer pública”.

Claro está que en estos aspectos (como en tantos otros en realidad) apenas hemos avanzado. Muchos hombres aún siguen erigiéndose como seres superiores y demandando el arquetipo de la mujer burguesa del siglo XVII, en una época en la que estas “grandes damas” ya parecen haberse extinguido para dejar paso a una mujer moderna, liberada e independiente.

La mujer de hoy está preparada para mostrarse al mundo, capacitada, abierta y naturalmente viva, y afortunadamente queda lejos, ¿o no?, de aquella de la “alta cuna y la baja cama” que nos cantaba nuestra Cecilia, y que vivía llena de heridas y contradicciones, mostrando por un lado su yo más escéptico y frío y por otro el delicado y emotivo impulso de su corazón femenino.

¡Digo yo que con tales códigos morales dirigiendo sus vidas, es más que probable que la mayoría llegaran a padecer de bipolaridad!

A pesar de que a lo largo de los años hemos reflexionado, y mucho, sobre la hipócrita sociedad moral, en nuestro floreciente siglo moderno aún escuchamos frases como "se viste", "se mueve", "se pinta", "se comporta"... ¡como una puta! Y casi siempre este tipo de comentarios sirven para justificar las violencias ejercidas sobre las mujeres, ésas que se rebelan contra las normas no escritas y “merecen ser corregidas” porque no se avienen con rigor a las santas definiciones... Y porque calificar de puta a una mujer y hacerlo público es, al menos en este país, el mejor modo de ganar una batalla, (siempre particular) con la argucia del ¡difama que algo queda!, embeleco muy utilizado tanto por hombres como por mujeres, con el fin de acarrear adeptos a sus corrientes.

Aunque casi todo lo anterior data del siglo XVII, aún sigue existiendo el uso de la palabra “puta” para definir a las mujeres no castas, aquellas que “sobrepasan los límites del decoro”, que se niegan a la pasividad y al recato tradicionalmente atribuidos, y que no se avienen a los principios arrogados a su género; y si además hacemos una ligera incursión en las expresiones más utilizadas, podremos deducir que, subliminalmente, aún se sigue reforzando la idea de que la mujer ha de estar sometida al hombre por ser éste una entidad superior.

Así, si es don Juan, es un tipo guapo, pero si es doña Juana es la señora que limpia; o, si es atrevido, es valiente y si lo es ella es maleducada; si es un vividor, es que tiene experiencia, pero si es vividora es una casquivana; si es un hombre público, es porque actúa en ámbitos sociales, pero si es una mujer pública es porque ejerce la prostitución...

Podríamos rellenar muchísimos folios con estas comparativas que, a día de hoy, puedan sonar obsoletas, pero que por desgracia están más vigentes dentro de nuestros pensamientos de lo que queremos.

En definitiva, todo aquello (sólo para lo femenino) que se sale de las normas establecidas, estén éstas escritas o no, es catalogado con el mismo nombre para denigrarnos, controlarnos, someternos y justificar los despóticos fanatismos ejercidos sobre nosotras. Es pues, creo, un compromiso moral de todas las mujeres sentirse identificadas con aquellas que sufrieron tales despropósitos, para que hoy tengamos una visión más nítida de nuestra propia realidad y el derecho legal de la igualdad.

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