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CON M DE MUJER

Marejada ondeante de cabellos plateados

Marejada ondeante de cabellos plateados

M.L. Ventura

jueves 01 de marzo de 2018, 08:32h

Jueves 1 de Marzo de 2018.

A gritos de "Pueblo movilízate, no más ladrones que roben las pensiones o somos pensionistas no terroristas”, los mayores de nuestro país caminan dispuestos a dejarse la voz y la piel, si hace falta, para reclamar al gobierno unas pensiones dignas, y no dudan en calificar de robo y manipulación el 0,25% de subida (disculpen que utilice esta palabra, pero de algún modo hay que llamarlo) oponiéndose de lleno al negocio-parche de los planes de pensiones privados.

El resto de españoles, escépticos y temerosos, nos desperezamos en nuestra falta de ambición sorprendidos de que hayan podido cortar en Madrid la Carrera de San Jerónimo (algo que hasta el momento ni siquiera logró el Movimiento 15M); de que hayan obtenido el apoyo de diversas organizaciones nacionales e internacionales; de que estén dispuestos a interponer una demanda ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos por presunta vulneración del derecho a preservar su poder adquisitivo como pensionistas; y de que, además, sean capaces de seguir ocupándose del cuidado de sus nietos, tal cual vienen haciendo desde hace tantos años.

Estos “mayores rebeldes”, que ahora se alzan contra quienes pretenden sabotear sus derechos, son conscientes de que la desigualdad de salarios de hoy se transmite luego a las pensiones y están muy al corriente de que España no es un país que corrija las desigualdades; muy al contrario, conocen de primera mano que aquí somos desiguales para toda la vida.

Sin dejar de ser padres y convertidos en abuelos, están dispuestos a madrugar cada día para llevar a los nietos al colegio y excusar la siesta para recogerles; a cambiar sus planes para cuidarles durante las vacaciones navideñas, las veraniegas o las de la semana blanca; a “sisarse” en la cesta de la compra para comprarles el capricho de turno y, además, a dedicarles todo el tiempo del mundo, un tiempo sin prisas, un tiempo de tranquilidad, pleno de calidad y dedicación, un tiempo en el que poder transmitirles la cultura familiar de la que son vehementes guardianes, ésa que sentará las necesarias bases de identificación personal y que hoy en día casi carece de importancia; ésa que cada vez más vamos arrinconando.

Ahora, otra vez han salido a las calles y otra vez se han erigido en revolucionarios contra las políticas indignas de un gobierno que, lejos de ser desprendido con su pueblo (¿no están ahí para eso?), se asoma despiadado e indolente y transmite zozobra al futuro de los suyos. Esto les empuja, les incita, les solivianta y les hace reaccionarios contra la estrechez y contra la precariedad presupuestaria, ofertada por quienes tienen el rostro de dilapidar alegremente las arcas del país, y utilizar con desfachatez y sin disimulos distintos raseros para repartirse el botín a conveniencia.

Proponer ahorrar para pensiones privadas en los tiempos de crisis que corren es más un insulto que una solución, y enviar a más policías (que digo yo que también irán a manifestarse sus padres y/o abuelos) para frenarles en su petición aludiendo a su propia seguridad es más iniquidad, más represión, más injusticia y más porquería lanzada contra una generación que ya sufrió los sinsabores de la guerra, la postguerra y la transición de un país que vivió oprimido por una dictadura y ha acabado convertido en contubernio de desigualdad vital permanente.

Los abuelos se han hecho imprescindibles por sí mismos y por pura necesidad y ahora se alzan revolucionarios en un momento en el que se pretende igualar revolución y terrorismo; y lo hacen manifestándose pacíficamente, sin más y a cara descubierta, ¡cansados de tragárselas dobladas!

Los abuelos no quieren agarrar un arma y disparar, porque ya pasaron por el horror de una guerra; los abuelos quieren comprometerse con los problemas del país, colaborar en su mejora, aportar soluciones; y ante todo lo que quieren los abuelos es seguir siendo padres, pero con mayúsculas, padres de los que prometen sin palabras que jamás abandonaran a sus hijos y además no lo hacen, padres que quieren dejarles en herencia un país limpio, un futuro tranquilo e igualdad de oportunidades... Y todo ello, sin el ansia de figurar como grandes patriotas, que ellos saben muy bien que eso supone mucho más que airear una bandera.

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