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CON M DE MUJER

Comunicación: Hablas y oyes, pero... ¿escuchas?

Comunicación: Hablas y oyes, pero... ¿escuchas?

M. L. Ventura

jueves 22 de marzo de 2018, 08:32h

Jueves 22 de Marzo de 2018.

Dice un proverbio judío que” guardar silencio es más complicado que hablar, aunque sea para hacerlo bien”.

En realidad el silencio es una parte integrante y fundamental de la comunicación, pues sin él no existirían las palabras, esos mensajes con sonido que nos ayudan a comunicarnos con los demás y ponen su granito de arena para que nuestro día a día sea más realizable.

Hablar tiene el objetivo de comunicar algo y para que esto sea posible debe haber un oyente, ¡alguien que escucha! Sin embargo, escuchar no es lo mismo que oír; esto último es la capacidad sensorial de captar un sonido, un acto involuntario que activa nuestro sistema auditivo y nos facilita su percepción y para lo que solo ponemos en funcionamiento uno de nuestros sentidos.

Pero cuando hablamos de escuchar el término se despliega para extenderse mucho más allá. Escuchar no es sólo la puesta en funcionamiento de varias funciones cognitivas, a saber: prestamos atención, nos concentramos en lo que oímos para poder entenderlo, pensamos sobre ello, lo razonamos y, si corresponde, comunicamos nuestra opinión al respecto.

Escuchar va más allá porque es una virtud grande, insigne, escasa de hallar, difícil de mantener y tan valiosa como para atesorarla durante toda nuestra vida ¡Y saber hacerlo no es labor fácil!, pues implica guardar silencio mientras el otro habla, darle importancia a sus palabras y entenderlas como un regalo, a más de relegarnos a nosotros mismos a un segundo plano que nos resta protagonismo.

Escuchar a los demás nos permite ampliar nuestra visión de la vida porque damos libertad a nuestros pensamientos y en muchas ocasiones dejaremos de aferrarnos a ideas con las que en realidad no nos identificamos, o al menos no tanto como suponíamos; esto nos permitirá conocernos mejor a nosotros mismos a la par que a los demás.

Escuchar nos ayuda a valorar a los otros como personas, a facilitarles su lugar en el mundo y a evitar el juicio erróneo que nos lleva muy a menudo a conceptos desacertados, algo que en infinidad de ocasiones provoca un daño injusto.

Si sabemos escuchar, no sólo estaremos haciendo algo por los demás, también nos estaremos proporcionando un momento placentero y agradable a nosotros mismos, porque conversando tendremos la oportunidad de hablar de nuestras experiencias o conocimientos, lo que nos inyectará una dosis de energía positiva, incrementará nuestro bienestar y hará que nos sintamos más felices.

Sin embargo, desde que el hombre dejó de emitir sonidos guturales y comenzó a generar palabras para comunicarse, paradójicamente ha ido dejando relegada la tarea de escuchar, lo que se ha convertido en un inconveniente social que cada día adquiere mayores proporciones, ya que en multitud de ocasiones esta desconsideración nos lleva a alzar el tono de voz para hacernos oír y a convertir lo que inicialmente pretendía ser una conversación en una maraña de gritos que derivan en agresiones verbales; o, peor aún, ¡físicas!

Aunque suene irracional y la lógica nos diga que debemos ser cada vez más comunicativos, la realidad es que ocurre todo lo contrario. Si prestamos atención a las noticias diarias, no nos costará entender por qué el ser humano responde más a menudo de forma instintiva que con raciocinio. La falta de comunicación real -es decir, hablar y expresarnos libremente, y escuchar de verdad, prestando atención a las palabras y los gestos (no olvidemos que los gestos son las palabras del silencio)- nos lleva al individualismo y a encerrarnos en nosotros mismos.

El nivel de desconfianza hacia los demás es cada día mayor y esto hace aflorar nuestro instinto más primario: ¡la supervivencia! Y para la supervivencia la regla capital es el ¡todo vale! ¿No les parece importante ejercer la verdadera comunicación?

Y, si escuchar nos eleva al plano más alto porque nos hace capaces de respetar el espacio de los otros y nos abre a la libertad de opinión, del mal arte de no escuchar aflora otro inconveniente social: esa indecorosa raza de individuos que sólo saben hablar mal de los demás, esas personas que probablemente buscando espantar sus propios fantasmas, utilizan compulsivamente conversaciones referidas a las vidas ajenas y se dedican a divulgar mentiras totalmente elaboradas o rumores infundados, haciéndolo de una forma verdaderamente dañina y obscena, pretendiendo atraer la atención de los demás hacia su conversación, y quizás con el insano deseo de captar adeptos a su causa y salirse con la suya.

Pero no expresemos un ¡bah! y nos lavemos las manos excluyéndonos de inmediato de esa tropa perniciosa, porque consentir que este tipo de coloquios amenice una reunión nos llevará a su mismo plano moral “superior” y nos convertirá, más antes que después, en uno de ellos. Por otro lado, lejos de frenar su frustración, les estaremos dando el derecho a señalar y ayudándoles a diseminar su toxina, sin caer en que ese tipo de juicios gratuitos suelen causar graves problemas e incluso llegar a destruir vidas.

Por mucho que nos cueste admitirlo, hablar mal de los demás vende, engancha y da juego ¿Por qué si no tendrían tanto éxito esos programa basura que emiten algunas cadenas televisivas sobre la parte más privada de las vidas de otras personas? ¿Será que nos relamemos ante los trapos sucios de los demás, porque sus miserias son los escalones que nos suben a una escala que consideramos superior a la suya, y eso nos hace sentirnos engañosamente mejor con nosotros mismos?

Pensemos detenidamente en lo afortunados que somos de poder comunicarnos (no todas las personas pueden decir lo mismo), y evitemos la crítica compulsiva que es un mal hábito que principalmente perjudica a quien la hace (cuanto más crítico se es con los demás, más se es también con uno mismo); no pasemos por alto las razones que tienen los demás o las circunstancias que les obligan a actuar de un modo determinado, no es muy loable sacar conclusiones rápidas sin tratar de hallar otras explicaciones posibles.

Si damos el valor necesario a la verdadera comunicación, tendremos la oportunidad de expresarnos libremente, de conocernos mejor, de complacernos, de enmendar nuestros errores...

La comunicación es el arte de saber transmitir y saber escuchar, se aprende con un poco de voluntad, es vital para la convivencia pacífica y el equilibrio social, y, lo más significativo, afecta considerablemente a la vida de todos.

No olvidemos, pues, que hay muchas razones importantes por las que comunicarse (la intimidad de los demás no es una de ellas, es más, no es asunto nuestro, sino un lugar sagrado al que nadie debe entrar sin consentimiento expreso), y que cuanto más diestros y tolerantes seamos escuchando más facilidad tendremos para expresar nuestro respeto hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Dijo Albert Camus, el reconocido novelista francés, que “todas las desgracias de los hombres provienen de no hablar claro”.

¿Alguien da más?

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