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CON M DE MUJER

¡Ti - tu - li - tis!

¡Ti - tu - li - tis!

M. L. Ventura

jueves 05 de abril de 2018, 08:23h

Jueves 5 de Abril de 2018.

Si nos preguntáramos qué es un título, podríamos obtener muchísimas respuestas. Por ejemplo existen los títulos de propiedad, su propio nombre indica lo que son; están los temáticos, destinados a recoger lo esencial de un texto de forma explícita, y hasta los no temáticos, asignados para llamar la atención del lector resumiendo un texto de forma velada.

Además existen los títulos honoríficos, otorgados por una causa de relevancia; los nobiliarios, o de privilegios, concedidos para graduar el nivel de nobleza y distinción (cabe destacar que éstos fueron legalmente abolidos durante la segunda República y rescatados posteriormente con la promulgación de las leyes franquistas); están los universitarios, académicos, profesionales..., esos pedazos de papel con firma Real que se suponen despachados para acercarnos al mercado de trabajo y cuya acreditación se obtiene tras formarse adecuadamente en determinadas competencias.

Supuestamente las titulaciones profesionales sirven para incrementar nuestro curriculum, darle más valor y proporcionar empleabilidad a cualquier ciudadano, ¿verdad? ¡Pues no!

En realidad eso es pura quimera. Estudiar para ejercer una profesión hoy tiende a estar elegida más veces por las posibles salidas laborales que por los talentos innatos que todos llevamos dentro; lo de incrementar el curriculum cuela porque ciertamente hace su labor de relleno, pero lo de proporcionar empleabilidad..., ésa es casi la mayor de las fantasías de ayer y hoy en nuestro país, a menos que heredes una sociedad, te llames fulanito de tal o estés lactando de la teta política.

Hace unas décadas obtener un título universitario era sinónimo de trabajo asegurado, tal vez porque sólo un grupo limitado tenía mentalidad de universitario y/o podía optar a ello; en la actualidad, con diecisiete mil millones de titulados (ciento cincuenta y tres millones en todo el mundo), no cabe duda de que estamos en plena inflación de la formación universitaria y con el panorama profesional del momento, que no asoma muy alentador, uno se plantea si merece la pena invertir capital en algo que no garantiza ni de lejos la obtención de un puesto en el mercado de trabajo, máxime cuando el nuevo paradigma laboral respira en internet, donde lo que más se valora es el beneficio que seas capaz de generar, y da igual que seas licenciado o hayas aprendido viendo vídeos.

Hasta el momento ha sido condición indispensable identificarse como profesional mediante el titulo obtenido, pero lo que se fragua a futuro no será tanto el tener que conseguirlo para agenciarse un empleo, como ser capaz de crear, innovar, diseñar...

Poder aportar algo diferente, novedoso, sugestivo, etcétera será lo que dé mayor ventaja a la hora de conseguir un lugar en el mercado; de hecho, ya hay compañías -a priori ninguna en España, por supuesto, ¡no nos hagamos ilusiones!- que pugnan por dejar de valorar el expediente académico para dar prioridad al talento, porque lo consideran más favorable a sus intereses. Esto no quiere decir que los titulados dejen de tener valía, sino que por encima del título estarán las capacidades, aun no estando éstas reconocidas bajo firma oficial.

Estas sociedades pretenden implementar una nueva filosofía empresarial que pasa no sólo por la valuación de la aptitud y la capacidad, sino por dar prioridad al trato digno hacia los empleados; 'trata a los demás como deseas que te traten' será una de sus máximas, porque consideran que en general preferimos poner nuestro talento a disposición de quien nos valora como individuos y especialmente si se nos de la libertad de expresarlo.

¿No les parece más inteligente por su parte hacernos esclavos felices?

Con estas pautas tan innovadoras es de esperar que conquisten a los mejores profesionales, aunque éstos hayan de pasar por des-identificarse de una titulación que casi siempre limita a un salario injusto y al estancamiento profesional. Obviamente no será un hecho a corto plazo, probablemente tardará décadas en instaurarse, ¡no olvidemos que los abusos y las ilegalidades siguen alcanzando pingües beneficios!

Dicho todo esto, concluimos que un título vale por lo que teóricamente representa: muchas horas de esfuerzo y estudio, con el único objetivo de defender lo más profesionalmente posible una labor para la que nos hemos preparado; al margen de ésto, no es más que un pedazo de papel que no debiera servir como prioridad para ocupar un lugar en el mercado, sino solamente para acreditar que el esfuerzo realizado durante la formación fue veraz.

Porque la amarga realidad es que hay “profesionales” que lo son sólo por titulación y no por profesión, por amiguismo y no por capacitación, por herencia y no por esfuerzo, o improcedentemente porque un día, mientras perdían el tiempo, plantaron los pies en política y consiguieron prosperar para seguir haciendo lo mismo que antes, o sea nada, pero de manera más lucrativa.

En el futuro más próximo, visto lo que prolifera últimamente en los noticiarios, la pregunta en cuestión deberá ser: ¿cuál es tu profesión, al margen del título obtenido, si es que lo tienes?, ¿en qué eres maestro?; para seguidamente decir: ¡demuéstramelo y el puesto es tuyo!.

Porque, estimados lectores, es tan fácil obtener un título falso como disponer de un ordenador con aplicación de photoshop, un sello de caucho y la desfachatez necesaria para llevarlo a cabo. ¿O acaso no se ha falsificado el dinero de papel toda la vida y ha funcionado?

Ya saben, si prefieren deshacerse del título de dignidad para hacerse con uno más rentable sólo deben tener a mano los materiales adecuados. Bueno, éso, o llamarse Cristina y tener asignada de antemano la pared para colgarlo.

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