www.lavozdetalavera.com

CON M DE MUJER

De príncipes, princesas y batracios

De príncipes, princesas y batracios

M. L. Ventura

viernes 01 de junio de 2018, 10:01h

Viernes 1 de Junio de 2018.

Con el 'boom' mediático que ha causado la última boda real se ha desatado un batiburrillo de opiniones varias, enfocadas sobre todo a la repercusión que a nivel aristocrático tiene la “mezcla de sangres”, y que ya a priori viene sonando como si de experimento biológico se tratara.

Pues bien, sepan ustedes que hay aún un número ingente de padres y madres que aplauden tal “revoltijo”, únicamente porque consideran que “cazar” a un príncipe es dar un buen “braguetazo”; aunque lo de casarse con una princesa no les suene tan seductor porque resulta que despoja al macho alfa de su esencia más original.

A mí esas palabras en sí mismas ya me resultan bastante demoledoras, y mucho más cuando considero un atraso mantener las monarquías que, por muy azul que sea su linaje, no sólo nos traslada a tiempos pretéritos, sino que nos obliga a rascarnos el bolsillo y a convertirnos en esclavos de nuestras/sus vidas; modernos sí, pero esclavos de todos modos.

Y, por cierto, dice la historia que la expresión “ser de sangre azul”, atribuida a las personas pertenecientes a la realeza, proviene del hecho de que en la antigüedad los miembros de las casas reales, en su afán de sentirse máximamente protegidos por razones varias, evitaban salir al exterior, y que cuando ello les resultaba inevitable lo hacían embutidos en varias capas de ropajes y no sólo para protegerse del sol, sino también con el fin de camuflar el olor corporal que generaba la falta de higiene que por entonces predominaba entre toda la sociedad, estuviera ésta al nivel que estuviera.

No recibir directamente la luz del sol y relacionarse sólamente entre ellos para mantener el linaje cerúleo les hacía lucir de forma habitual una piel extremadamente pálida a través de la cual era frecuente que se adivinaran las venas, cuyos tonos azules son predominantes aunque ese realmente no sea su color genuino, pues el hecho es que surge provocado por un efecto óptico de la luz de onda corta que se refleja en las venas que están más cerca de la superficie de la piel -más o menos a unos 0’5 milímetros por debajo de la misma-, haciéndolas aparecer de ese tono.

Pero, como no hay blanco sin negro, alto sin bajo o norte sin sur, y siempre hay quien pone los puntos sobre las íes, en este caso no iba a ser menos y también el asunto tiene antagónica crónica, la cual indica que tal definición no deja de ser un mito provocado por un error de traducción, una interpretación errónea de los antiguos textos del historiador romano Cornelio Tácito, que al ser traducidos por los humanistas españoles del siglo XVII erróneamente interpretaron la expresión “caelesti sanguine ortam”, que transcrito viene a ser algo así como “nacido de sangre celestial” -término arrogado a quienes estaban considerados como descendientes divinos- por el de “sangre celeste “, que ayudado del uso popular del mismo y sumado a la transmisión oral entre generaciones, acabó originando la locución “sangre azul” que persiste aún en la actualidad.

Bien, pues parece que la sangre azul de nuestros días, por unas y otras razones, va dejando de tener tal preferencia, mal que les siga pesando a muchos, pues las élites celestes también se tuestan al sol y ocultan así sus vías sanguíneas bajo el saludable tono dorado - eso sí, bien guarecidas por onerosas cremas protectoras-, van ligeras de ropajes y mezclan su celeste liquido elitoso con el rojo y pasional republicano, dejando al garete aquello de que un rey y una reina lo son de cuna porque nacen ya con piel de ello. ¡Qué cosas, oiga!

Lo cierto es que los príncipes y princesas de nuestro siglo ya no son como narran muchos de los cuentos tradicionales que, además de dejar testimonio de la época en la que fueron escritos, han puesto de relieve que, lejos de transmitir educación y aprendizaje, nos eran más que fábricas de sueños irreales, ilusiones ficticias y patrones estéticos y de conducta que, aunque ya suene rancio sólo el pensarlo, resulta que aún tenemos que replantearnos.

Así que ya sabemos que la sangre azul tiene truco y que si se mezcla con la roja resulta un bello tono violeta (tan malo no será el rin-ran); que las princesas también van al baño, que les salen juanetes y no tienen el culo de porcelana; que la mierda no distingue de clases; que la alta costura puede doler, y que muchos príncipes azules son sólo hombres débiles, violentos y pusilánimes y tan inhibidos que no son capaces de redescubrir a su princesa...

Ahora que sabemos todos éso, deberíamos batallar, con todos los medios a nuestro alcance, para que de una vez por todas se esfumen las princesas de cuento y se lleven con ellas los antiguos patrones femeninos que dejaron afianzados roles nada positivos como el matrimonio infantil, el servilismo, la mujer como moneda de cambio...; y pugnar para que todas las “princesas del reino”, sea cual sea el color de su sangre, dediquen su tiempo a cuidarse, a formarse para trabajar en aquello que les guste, a usar tecnología, a hacer cualquier deporte aunque se considere masculino, a saber que el hogar no es ni el único espacio, ni el principal para su realización personal; a enamorarse de otra princesa si así lo quieren, a regresar sanas y salvas a casa a altas horas de la noche; a decir tacos, del tamaño que sean, sabedoras del poder liberador y terapéutico que su uso puede proporcionar... En definitiva, a hacer cuanto sea necesario para sentirse cuanto más felices mejor ¡que ya va siendo hora después de tantos años encorsetadas en rancias opresiones!

Y a ellos -pobres príncipes encantadores- lamento decepcionarles, pero es necesario que sepan que también les han engañado. Sí, a ustedes les han hecho creer que son más hombres si ostentan el título de machos-machotes, o si son poseedores de reino propio; o les instan para que sean guerreros imbatibles sin derecho a lágrimas; o cumplidores sexuales natos con el punto de ternura necesario para no resultar “amariconados” (odiosa la expresión) y, por supuesto, capaces de deshacerse de ella llegado el caso, ¡que si hay que matar, se mata!

Pues, por si aún hay quien lo duda, sepan que está científicamente comprobado que todos tenemos la sangre roja y somos de carne y hueso; y, por supuesto, modelos indiscutibles de realidades e imperfecciones, aunque haya quien nace con derechos y privilegios atribuidos de antemano.

No sé a ustedes, pero a mí me queda la esperanza de estar cada vez más cerca de subvertir privilegios, indultos y títulos. ¡Piénsenlo! Ni la realeza es de sangre azul, ni existe el príncipe encantador, ni las princesas son mujercitas débiles y sometidas; muy al contrario, ahora todas somos princesas, aunque sólo lo seamos de nuestras madres; nacemos fuertes, hábiles, independientes y mágicas, tanto que podemos, con un sólo beso, transformar a sus varoniles altezas en ridículos sapos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+

8 comentarios