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CON M DE MUJER

Poderoso caballero...

M. L. Ventura

viernes 08 de junio de 2018, 14:00h

Viernes 8 de Junio de 2018.

Nos cueste más o menos admitirlo, a todos nos gusta el poder y, queramos o no reconocerlo, las relaciones humanas están basadas en una especie de juego del mismo que nos va desplazando a lo largo de la vida hacia diferentes trayectorias.

Es cierto que nosotros mismos elegimos qué recorrido seguimos a lo largo de nuestra vida y por qué tipo de existencia optamos; sin embargo, y cada vez con mayor intensidad, sentimos que nuestros destinos parecen trazados de antemano.

Los dogmas religiosos, la fe en el destino, la educación en casa, las propias casualidades de la vida... Todo ello nos lleva a conducirnos de un modo u otro y a tomar decisiones que perfilan no sólo nuestro comportamiento, sino nuestra vida en general y la de aquellos que nos rodean, que se ven inevitablemente afectados e influenciados por nuestras propias creencias.

Sin embargo, no sólo median en nuestras vidas nuestras creencias -ideológicas, religiosas, familiares, etcétera- sino que nuestra forma de pensar se ve alterada por los bombardeos publicitarios -las modas, la información, los discursos políticos, los debates-; todo, de una forma u otra, interviene marcadamente en nuestras inclinaciones y conductas, casi siempre tendentes hacia un denominador común claramente establecido de antemano: ¡¡El consumismo!!

Pero, ¿quién establece hacia dónde debemos dirigirnos? ¿Quién 'impone' qué tipo de ropa usar, qué libros leer, qué alimentos consumir…? En definitiva, ¿quién manda en el mundo?

La respuesta se reduce a una sola palabra: ¡Dinero!

El dinero está universalmente 'instalado' entre nosotros y dirige nuestras vidas. Ha cobrado tanta importancia que tenemos dependencia absoluta de él, hasta tal punto que en nuestra sociedad es imposible sobrevivir si no se dispone de un mínimo de tan 'distinguido inquilino'.

Para muchos -cada vez más- hablar de dinero es hablar de 'dios' y créanme, que no les falta razón, porque hemos llegado a un término en el que lo reverenciamos por encima de todo y lo hemos convertido en la mayor fuente de poder y control de todos los tiempos. A tal extremo ha llegado nuestro sometimiento a él, que olvidamos sentimientos, principios y valores si se trata de obtener más cantidad; y, para mayor escarnio, su carencia nos provoca frustración, desánimo y tristeza, si no podemos alcanzar las expectativas deseadas afiliadas a él... ¡Y en nuestra era, éstas son la mayoría!

Es verdad que el desarrollo del dinero permitió la expansión del comercio y lo simplificó. Antaño, el intercambio de productos era la única forma de negocio, pero tenía los inconvenientes del transporte y la pérdida de valor en el tiempo, sobre todo en los perecederos; en cambio, con la invención del dinero el comercio se convirtió en una forma de vida que llegaba hasta todos y facilitaba el día a día en muchos aspectos y muy satisfactoriamente.

Pero el hombre, que en su ególatra suficiencia todo lo quiere y todo lo pudre, en sus reiteradas búsquedas de progreso y afán de poder ideó una compleja metodología de actuación que le permitía controlar hasta el más insignificante de los detalles.

Se estudió a sí mismo, estudió a sus congéneres, sus miedos, sus privaciones, sus necesidades, sus dependencias… Y, con todo ese conocimiento, mordió la manzana y llegó hasta nuestra era. He de decir que desconozco si anduvo 'Eva la mala' de por medio, pero 'Eva la buena', ¡seguro!

Podemos decir bien alto que lo consiguió; retocó, pulió, progresó y buscó algo grande en lo que creer; así convirtió al dinero en dios, por supuesto, muy a sabiendas de que aquellos que mayor cantidad consiguieran almacenar podrían manejan el mundo. Desde entonces todos somos esclavos del despiadado dios-dinero, de sus poseedores y de nosotros mismos.

Habrá quien sonría con displicencia por lo que aquí se expone y piense, acertadamente, que aunque hablemos de principios y valores inevitablemente todos acabamos olvidándolos en algún momento y participando de lleno en este juego de poder; el mismo que se desplaza por los tiempos desde hace milenios, el mismo que nos hace dejar de ser hospitalarios, solidarios, humildes, generosos... Y el mismo que, aún si tuviéramos la oportunidad de volver al principio de los tiempos en busca de la igualdad y el bien común, inevitablemente acabaría por situarnos en el mismo punto en el que hoy nos encontramos.

Pero, sonrían o no, con indolencia o con humor, piensen en ello y, cuando tengan rotundamente asumido que el dinero lo único que provoca es infelicidad, deseo que todos ustedes continúen con la luz y sabiduría necesarias para ganar este juego, ¡aunque lo hagan con ventaja!

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