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Ecos del I Foro de Voces Eco-lógicas de la UCLM Talavera

Del desarrollo sostenible al medio ambiente como sujeto de derechos

Del desarrollo sostenible al medio ambiente como sujeto de derechos

Fernando Rovetta Klyver, profesor de Ciencias Políticas en la UCLM

sábado 25 de enero de 2020, 11:01h

Sábado 25 de Enero de 2020.

En el I Foro de Voces Eco-lógicas, celebrado hace unos meses en Talavera de la Reina, en el apartado de propuestas terapéuticas, presenté la ponencia que da título a esta reseña.

Comenzamos haciendo una breve historia del concepto “desarrollo sostenible”. La ONU cuando propuso su Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948 omitió toda referencia al ecosistema. Tuvieron que pasar 20 años para que presentara su Resolución 239 XXIII: Problemas del medio ambiente humano. Y otros 19 años más para que Gro Harlem Bruntland (1987), primera ministra de Noruega, propusiera a la ONU este concepto y su definición: “proyecto para satisfacer las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades»

Así, el proyecto de un “desarrollo sostenible” fue asumido en 1991 por el Congreso nacional de mujeres por un planeta sano (Miami 1991), por la Cumbre de Río en 1992, por la Conferencia de mujeres europeas por un futuro sostenible en 2002 y por las cumbres de Johanesburgo (2002) y Río*20 (2012), ésta última presidida por Dilma Rouseff. Para entonces, el concepto articulaba tres áreas: la ecológica, la social y la económica (ver gráfico). En el mismo sentido, la única encíclica de Francisco, Laudato´Si (2015, n.139), afirma: “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental.”

La alarma por la crisis ecológica, no obstante, va en aumento. En 2010 entre los 8 objetivos para el desarrollo del milenio sólo el séptimo aludía a la sostenibilidad. En cambio, en 2015 entre los 17 objetivos de la agenda 2030 siete asumen estos problemas: agua y salud, energía, sostenibilidad, modos de producción y consumo, clima, vida submarina y terrestre (ODS: 6,7,11-15). Todos estos se agravan por la desigualdades económicas y sociales.

Así, en el ODS 15, se afirma que mientras la flora provee del 80% de la alimentación humana y los bosques cubren el 30% de la superficie terrestre, 13 millones de hectáreas de bosques se destruyen y se desertifican 3.600 millones de ha. más. Esta destrucción va acompañada del exterminio de los pueblos originarios, que son más de 370 millones de personas, que custodian el 80 % de la biodiversidad del planeta y que hablan 4000 de las 7000 lenguas existentes. De modo análogo y a escala urbana, multinacionales como Airbnb compran los pisos de las ciudades -que antes arrendaban los trabajadores, expulsándolos al extrarradio- para alquilarlos por días a los turistas.

Algunas advertencias

El problema era advertido también por Susan George en su Informe Lugano (2002): la economía percibe al medioambiente como un subsistema suyo, el que le proporciona las materias primas. Es urgente que reconozca que la realidad es la opuesta: es el ecosistema quien está soportando como un subsistema a la economía: los modos de producción, distribución y consumo de estos animales particularmente depredadores, a los que nos pretende reducucir el neoliberalismo globalizado.

Otra politóloga, Naomi Klein, On fire: the burning case for a Green new Deal (2019), advierte que el cambio climático pone en tela de juicio la visión del mundo dominante. No sólo a la derecha y su culto de un grave centrismo que nunca quiere hacer nada en grande. Sino también a la izquierda, esencialmente interesada en redistribuir los despojos del extractivismo, sin plantearse sus costos ni sus límites.

Analizando las causas de la primera crisis del petróleo, el economista E.F. Schumacher (1973: 104) diagnosticaba: “Estamos sufriendo una enfermedad metafísica y la cura debe ser por tanto metafísica. Una educación que no consiga clarificar nuestras convicciones centrales es meramente un entretenimiento o un juego".

A partir de estos diagnósticos y sus propuestas terapéuticas, advertimos que este modelo económico financiero no sólo se atenta contra la igualdad, sino también contra la misma libertad de las personas. Tal es el totalitarismo neoliberal parecía intuir Dostoievski en su Leyenda del Gran Inquisidor (1880): “Ninguna ciencia nos dará el pan mientras sean libres, pero acabarán depositando esa libertad a nuestros pies diciendo: `Preferimos ser esclavos, pero dadnos de comer´”.

El neoliberalismo actual ha invertido el orden epistémico y axiológico que según Kant haría posible una Paz Perpetua (1795): la ética cortaría los nudos de la corrupción política, entre ambas generarían el derecho, y las tres diseñarían las condiciones para la actividad económica. Por el contrario, hoy: “Es la economía, imbécil” espetó Bill Clinton a un periodista que no entendía cuáles era el inconveniente para una acción política.

Propuestas superadoras

En un intento por clarificar algunas fuentes de esta doctrina tan devastadora del ecosistema, y que pone en riesgo la igualdad y la libertad, encontramos La apología de la Usura de J. Bentham (1787) y su “principio de autopreferencia”, que no admite ningún tipo de límites al afán de lucro. En el mismo sentido, Locke (1689) había propuesto como principal fin del Estado la protección de la propiedad privada sin límites, incluyendo a latifundios, segundas y terceras viviendas.

Frente a esas doctrinas angloamericanas del “individualismo posesivo”, encontramos en autores del Siglo de Oro español las bases para un “personalismo comunicativo”. Es decir: el sujeto de los derechos ya no es cada individuo aislado, sino la persona que vive en comunidad; y el principal derecho ya no es la propiedad, sino la comunicación. Porque la propiedad es un tipo de relación con las cosas, que si se aplica a un ser humano lo denigra; mientras que la comunicación es una relación entre personas, que si se aplica al ecosistema le otorga más dignidad.

Desde esta última perspectiva, se explica que el cacique Seattle (1854) expresara su perplejidad cuando F. Pearce, presidente norteamericano quería comprarle las tierras de Washington: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?”. De modo similar, D. Quijote (I, cap.XI) lo decía también: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos… porque entonces los que vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes…”

No sólo se trataría de poner límites a la propiedad y al lucro como derechos fundamentales, sino también a la soberanía de cada Estado. De lo contrario, si se la considerara como un poder absoluto, como lo proponían Hobbes o Bodin (s.XVII), se podría entender la reacción de J. Bolsonaro, negándose a ser ayudado para reforestar la Amazonía. Por el contrario, Vitoria proponía como límite a la soberanía al derecho de gentes, que es el anticipo de lo que hoy denominamos derecho internacional de los derechos humanos.

Una cuestión constitucional

La principal ley de cada Estado es su Constitución. Cuando en ella, se incorporan los derechos humanos universales pasan a llamarse derechos fundamentales. En la Constitución española de 1978, se incorporó el derecho a un medio ambiente sano (a.45). Pero en las constituciones europeas y latinoamericanas anteriores a 1968, fecha en que la ONU comenzó a preocuparse por el medioambiente, debieron ser reformadas para incluirlo como derecho.

De todos modos, aunque esté incluido en la Constitución española vigente, el medio ambiente sano no está suficientemente garantizado. Se ubicó en el tercer grupo, el de los que ya no se denominan derechos, sino “principios rectores de la política social y económica”.

Por el contrario, dos repúblicas latinoamericanas -Ecuador (2008) y Bolivia (2009)- dieron un paso más en materia constitucional. No sólo lo admitieron como un derecho fundamental, sino que convirtieron al medio ambiente en un sujeto de derecho vinculado al buen vivir: suma qamaña (aymara) o suma kawsay (quechua).

La radicalidad de su formulación parece proporcional a la gravedad de la crisis ecológica, y nos exime de interpretarla: a.71: “La naturaleza o Pachamama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete íntegramente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos. a.72.-La naturaleza tiene derecho a la restauración. La restauración será independiente de la obligación que tiene el Estado y las personas naturales y jurídicas de indemnizar a los individuos y colectivos que dependan de los sistemas naturales afectados”.

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