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El régimen Talibán y la necrofilia

El régimen Talibán y la necrofilia

Fernando Rovetta Klyver, profesor de Ciencias Políticas de la UCLM en Talavera de la Reina

Por La Voz de Talavera
miércoles 25 de agosto de 2021, 12:11h

Desde el final de la Gran Guerra, pese a que se lo pretende atenuar como “efectos colaterales”, el porcentaje de población civil que muere en conflictos bélicos ha aumentado de forma exponencial. Y dentro de ese conjunto poblacional hay un colectivo invisibilizado, como es lamentablemente habitual: el de mujeres víctimas, violadas, reducidas a esclavas sexuales o asesinadas.

En el caso de Afganistán, en guerra desde 1979, con el regreso del Talibán al poder, la mujer pasa a ser la víctima central, ya no colateral. Esto induce a preguntarnos por qué ese odio y temor a la mujer o ginecofobia, “temor mórbido o aversión patológica” hacia la mujer, se convierte en el centro de sus políticas públicas.

Se trata de la versión más salvaje del patriarcado: una variante de la necrofilia que ataca a esa parte de la humanidad que puede gestar y dar vida a toda ella.

Si bien en sus primeras declaraciones el gobierno Talibán se mostró dispuesto a reconocer los derechos a la educación y al trabajo de la mujer, añadió como norma de clausura: “siempre en el marco de la ley islámica”. Esta Ley o Sharía es el resultado de una peligrosa confusión entre lo político y lo religioso, interpretada de un modo fundamentalista.

Esto no es nuevo, en el anterior gobierno Talibán entre 1996 y 2001, las mujeres fueron sometidas a un apartheid que les impedía acceder a la escuela a partir de los 8 años. Solo podían hacer tareas domésticas para terminar siendo entregadas a sus maridos antes de los 18 años de edad.

En Mil soles espléndidos (2007), el afgano Khaled Hosseini pone en boca del protagonista: Sé que aún eres pequeña, pero quiero que lo sepas y lo comprendas desde ahora (…) El matrimonio puede esperar; la educación no. Eres una niña muy, muy inteligente. De verdad, lo eres. Puedes llegar a ser lo que tú quieras, Laila. Lo sé. Y también sé que, cuando esta guerra termine, Afganistán te necesitará tanto como a sus hombres, tal vez más incluso. Porque una sociedad no tiene la menor posibilidad de éxito si sus mujeres no reciben educación, Laila. Ninguna posibilidad.”

Así como Ginés de Sepúlveda, en el s. XVI, negaba la humanidad de los habitantes del otro lado del mar para legitimar la esclavitud; para esta interpretación de la Sharía, las mujeres no son seres humanos, son propiedades del hombre, como puede serlo su ganado.

En realidad, al no ser capaces de reconocer como igualmente dignas a las mujeres, a pesar de -y gracias a- su diferencia, quienes pierden la condición humana y su dignidad son estos hombres, muy celosos de una masculinidad que pervierten y queda en entredicho. Al negar a la mujer, se niegan como hombres, como personas y como pueblo.

Si Hitler condenaba a hornos crematorios a millones de personas que no eran de raza aria, el gobierno Talibán condena al ostracismo doméstico y al de vestimenta enclaustrantes a millones de mujeres por el hecho de serlo. Aquí no está en juego la raza, tampoco la lengua ni la religión; lo que se torna principal eje de discriminación, al extremo de que puede suponer castigos públicos o la muerte, es el sexo.

Para calibrar la gravedad de este fenómeno que conmueve a la mejor parte de la humanidad y que debieran combatir todos los gobiernos del mundo, nos permitimos -en breve digresión- señalar un par de aspectos:

1. Si para Ferrajoli los derechos humanos son “la ley del más débil” -que se opone a la ley de la selva- podría postularse a estos derechos como la “ley de la mujer”. Es parte del discurso patriarcal calificarla de sexo débil, cuando en realidad la fortaleza de la mujer no pasa por el peso que pueda levantar o su velocidad para desplazarse. Su fortaleza se manifiesta no sólo soportando los dolores de parto, sino también encarando con mayor firmeza las adversidades que puede sufrir un pueblo. El caso de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo es suficientemente conocido.

2. La evolución humana, si bien contempla la hominización que alude al aspecto físico, se define principalmente por la humanización referida a los valores y actitudes que las personas pueden asumir y desarrollar libremente.

En el estudio de ninguno de estos planos se ha atendido suficientemente a la singularidad de la mujer. Respecto al primero, Carmen Valls Llovet promueve la “ciencia de la diferencia” denunciando que la medicina se presentó como una ciencia que estudia un cuerpo neutro, cuando en realidad se centró en el cuerpo masculino. Tardíamente se advirtió, por sólo citar un ejemplo, que los síntomas de una cardiopatía son diferentes en el hombre que en la mujer.

Pero es en el segundo plano, el de la humanización y de la ética, donde conviene recordar que Lawrence Kohlberg debió admitir que -en su estudio sobre la evolución moral de la humanidad- el cuestionario estaba dirigido al colectivo masculino que resultaba favorecido. Su discípula, Carol Gilligan le propuso que incluyera la variable del cuidado, del trato al más débil, entonces el resultado cambió de signo. Y, he aquí, entonces, que la mujer se perfila como principal garante de los derechos humanos. El cuidado del débil, no es una virtud inferior a la justicia, subraya Gilligan.

Ahora sí, por todo lo anterior y regresando a la monstruosidad de la política Talibán, podemos señalar que los menos evolucionados moralmente han tomado como objetivo a someter a esa parte de la humanidad más evolucionada, más humana, más cuidadora de los débiles y del ecosistema. Tal política representa una involución antológica, de libro, un regreso a la “ley del más fuerte”. Fuertes, como animales de carga, intelectual, moral y sexualmente castrados. Un primate necrófilo que adopta conductas que ni entre los animales se observa.

Es obvio que la potencia hegemónica, tras su década bélica de carácter patriarcal, capitalista y colonial, no resolvió en absoluto el problema del pueblo afgano. Por el contrario, quienes colaboraron con ella ahora son perseguidos. Sólo buscaban una salida a su industria armamentista, pretextando la búsqueda de un Bin Laden que ellos mismos habían tenido como aliado y al que dotaron de armas. E

ntre 2010 y 2012 los más de 100.000 soldados desplegados en la zona supusieron un gasto de 100.000 millones de dólares anuales. Afganistán está entre los 5 países menos desarrollados, los otros cuatro son africanos, su PBI en 2019 no llegó a 20.000 millones de dólares.

Hoy se trata de apostar por el desarme y la prohibición del comercio de armas principalmente con los fundamentalistas; superar la desgarradora desigualdad que genera el “capitalismo del desastre”, y apostar por una comunidad internacional que dé prioridad a la protección de los débiles, incluyendo a la tierra empobrecida y contaminada. Para todo ello es necesario que el porcentaje de participación femenina en la cosa pública llegue a ser, al menos, verdaderamente igualitario.

Naomi Klein acuñó la expresión capitalismo del desastre para referirse al proyecto de la Escuela de Chicago para imponer privatizaciones allí donde se produjera un desastre natural o un golpe de Estado, como el de Chile. Hoy nos habla del patriarcado del desastre, para aludir a “un proceso paralelo y complementario por el que los hombres aprovechan una crisis (como la de la pandemia) para reafirmar su control y dominio borrando los derechos de las mujeres”.

Entre las 29 prohibiciones que el régimen talibán impuso contra las mujeres, según la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA), se estipula que no pueden ser tratadas por médicos masculinos. Dado que sólo el 1 % de los universitarios son mujeres, no es difícil inferir las consecuencias: se trataría de un ginecocidio.

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